El ciclo del año de pandemia se va cerrando y afrontamos uno de los últimos hitos en lenguaje cristiano: el primer Miércoles de Ceniza con el COVID-19 como ingrato invitado. Ello, obviamente, conllevará novedades de cara a una de las celebraciones con mayor participación de la fe católica, buscando la manera de evitar en todo momento riesgos de contagio y el contacto entre el sacerdote y los fieles.

De forma regular, el ritual de imposición de ceniza tiene lugar tras la homilía de la misa del día, aunque también puede celebrarse fuera de la eucaristía. En ese momento, el sacerdote bendice la ceniza -extraída de la quema de resultante del olivo de la Misa de Palmas del año anterior- y la impone sobre la frente de los fieles trazando una cruz a la vez que pronuncia la frase neotestamentaria de «Conviértete y cree en el Evangelio» o la más en desuso, y de la Antigua Alianza: «acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás».

Sin embargo, en esta ocasión la imposición de la ceniza se va a producir sin contacto con los fieles. Para ello, la jaculatoria mencionada arriba se pronunciará al comienzo del ritual y de manera general (al igual que está ocurriendo para la distribución de la Comunión con «el cuerpo de Cristo»); acto seguido, los fieles se irán acercando con las debidas distancias y el sacerdote dejará caer la ceniza sobre su cabeza en lugar de marcar la frente con el símbolo de la cruz.

Cristo en el Desierto (Iván Kramskói, 1872)

 

Ni cuarenta días, ni termina el Domingo de Ramos

Lejos de lo que gran parte de los fieles piensan, la Cuaresma no dura en puridad cuarenta días ni tampoco acaba en Domingo de Ramos, aunque las matemáticas hayan trazado la coincidencia de que del Miércoles de Ceniza a la mañana de Palmas, inclusives, se cuenten cuarenta días.

Para empezar a contar bien los días de Cuaresma, hay que restar sus cinco domingos (seis si contamos el de Ramos). Así, en efecto existen cuarenta días desde el Miércoles de Ceniza al Sábado Santo, en que tiene lugar la Vigilia de la Resurrección. Esa era la Cuaresma. Con la reforma del Vaticano II, se deslindaron de la Cuaresma los dos primeros días del llamado Triduo Sacro (Jueves Santo y Viernes Santo) para vincularlos más propiamente a la preparación de la Pascua, quedando la Cuaresma reducida a treinta y ocho días, que son con los que cuenta actualmente. De esta forma, el tiempo cuaresmal propiamente dicho finaliza el Jueves Santo antes de la Misa de la Cena del Señor, momento en que la Iglesia comienza a preparar el centro del Año Litúrgico: la Resurrección de Cristo.

Como es sabido, el morado es el color litúrgico de este tiempo: un período de austeridad e introspección que rememora los cuarenta días pasados por Jesús en el desierto antes de su vida pública. Curiosamente, en esa línea de sobriedad y recogimiento, no están recomendadas las flores en los altares, a pesar de que sea el período en el que tradicionalmente las cofradías más vuelcan sus esfuerzos en los exornos. Un último detalle: a pesar de su popularidad, no; el Miércoles de Ceniza no es día de precepto, es decir, no es de obligatoria asistencia a misa.

Así que, frente al chirriante deseo de feliz Cuaresma que se oye de vez en cuando, deseemos mejor una provechosa Cuaresma. La felicidad, para la Pascua.

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