Quién nos diría que en este primer viernes de Cuaresma, lejos de atiborrar las calles arropando a cualquiera de nuestras imágenes cofrades, como todos los años y sin cuestionar ese -creíamos- derecho adquirido, íbamos a acabar ante el televisor empatizando con nuestros paisanos de 1649 cuando, en plena epidemia de peste, se aferraron al contrapposto de aquella figura del Señor, distante y rotunda, para solicitarle que trajera la Salud perdida.

Nos parecían cuentos de otro siglo, de otro mundo y de otra civilización. Pero así nos hemos visto este viernes: en la Catedral los menos y la mayoría en sus hogares; recurriendo al milagroso Patrón de Málaga y su Ayuntamiento en pleno siglo XXI a través de una rogativa que -cura de humildad- quizás nos ha hecho derribar el estereotipo de que los barrocos eran muy beatos y, en cambio, nos replantea la extraña pregunta, a estas alturas, de si sabemos las personas de hoy de qué va realmente esto de la fe.

 

 

Y es que no cruzaba las naves casi desiertas, a ratos en medio de un turbador silencio, una imagen más de nuestro catálogo religioso. Se trataba del Santo Cristo: el que apenas sale y se mueve de la estrecha hornacina de su iglesia en la plaza de la Constitución.

Y tras un año de pandemia, con muchos muertos, más enfermos y millones de personas cansadas de luchar por mantener su paz interior, ha aparecido, como siempre que acontece alguna desgracia colectiva, como una suerte de postrero cartucho en lenguaje cofrade, el icono último al que acudir: el Cristo «que vino a traer la Salud a Málaga» y que hemos decidido sacar de su cielo redondo para que vea cómo estamos, aprovechando una alineación de planetas institucionales para que su llegada a la Catedral haya sido posible.

En 1945 visitó el Templo Mayor por última vez y salió en procesión esta imagen del s. XVII del escultor José Micael Alfaro. 76 años han tenido que pasar para que una nueva generación de malagueños pueda contemplar en la cercanía esta efigie, que estará expuesta durante el fin de semana ante la Puerta del Sol (del Postigo de los Abades) de 10 a 12 horas el sábado y de 9 a 14 horas el domingo, además de para las misas de las seis de la tarde de ambos días.

El Vía Crucis contó con todos los ingredientes atmosféricos para que tornase en una verdadera rogativa por el fin de la pandemia. La música, la estética de las andas -portadas por seis personas en dos turnos- o el arreglo del Señor fueron aspectos que rozaron la perfección cuando no la alcanzaron. La imagen recorrió toda la Catedral mientras los escasos asistentes permanecían en sus asientos, a excepción de los reporteros gráficos.

El Santo Cristo, en la nave de la Epístola y bajo el órgano. (A. C.)

El cortejo, exiguo hasta lo rácano -las dos únicas luces del cortejo marcharon con la Cruz Guía-, fue presidido por el obispo, Jesús Catalá, que al final del acto reconoció sentirse conmovido por ser también el Cristo de la Salud el patrón de su pueblo natal, Villamarchante en Valencia. Mención aparte merecen las reflexiones después de cada lectura de las estaciones, redactadas por Salvador Marín Hueso, que desde el viernes han pasado a ser de los textos literarios de mayor profundidad que pueda poseer la Agrupación de Cofradías. El modesto grupo de fieles reunidos en torno al Santo Cristo de la Salud se repartieron en la organización y puesta en escena y, mezclados con los responsables de San Julián, han logrado hacer reconocible su estilo propio, algo que incluso hermandades protagonistas en otras ediciones no lograron conseguir.

El Vía Crucis extraordinario previsto con motivo del Centenario de la Agrupación de Cofradías se aplaza, en principio, a la próxima edición. Pero el tiempo no para: realmente habrán pasado 101 años, se le ponga la etiqueta que se le quiera poner artificialmente. Y, bien mirado, repasando la descomunal fuerza que las estampas del Santo Cristo por la Catedral han regalado, a lo mejor sin querer, hemos vivido ciertamente el Vía Crucis del Centenario que todos necesitábamos.