Exaltador mariano fuera de lo común, sacerdote carmelita, cofrade hasta la médula y orgulloso de ello. Simpático, vehemente, irónico, ocurrente… Dotado de una espléndida memoria, que la sabía volcar en sus delicados textos y los saeteaba con su soniquete único. Con 94 años, este lunes 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, se nos ha ido fray José Luis Zurita Abril: el perchelero que mejor sacó los colores a la Virgen de Zamarrilla.

El Padre Zurita era un cura cofrade. Qué fácil etiquetar esto hoy; no tanto cuando en los años ochenta -y noventa- llevar clériman y mostrar complicidad con las manifestaciones de religiosidad popular no eran un maridaje bien visto ni en una casa ni en la otra. Y es que, cuando el viento no venía de cara, José Luis Zurita jamás ocultó su amor por las cofradías. «Ande yo caliente y ríase la gente», espetaba en muchas ocasiones.

Pero, además, no es que fuese un cura cofrade como lo entendemos hoy: de esos que se implican con las hermandades -oye, y agradecidos por ello- pero siempre desde un prisma un tanto externo, cuando no paternalista. No. El Padre Zurita bajaba al barro de la pasión cofrade. Oyendo o leyendo su pregón de 1990 a veces se llega a olvidar su condición de sacerdote. Quizá -no está él para dar o quitar la razón ahora, por lo que no es prudente afirmarlo- porque hay algo más importante que ser sacerdote o seglar, diácono o monaguillo: y es la condición de ser cristiano, sin apellidos ni jerarquía.

Era parte de ese Pueblo de Dios, irregular y confuso, pero sincero y franco. Lo mismo se encontraba en la tercera fila de la plaza de Arriola esperando a la Virgen de los Dolores de San Juan (de la que era archicofrade), que hacía cola el Domingo de Pasión en Sevilla para visitar a la Amargura en su paso de palio, o aparecía en julio en el besamanos de la Virgen del Carmen de los Mártires a decirle en voz alta «¡Hermosa eres!» a la cara.

Y esa comunión tan profunda que experimentaba con el mundo de las cofradías, con el pueblo que vibra al encuentro de sus devociones, no: no le restaba un ápice de su condición de sacerdote en la élite intelectual y teológica; esa que parece que algunos temen que se esfume si pierden el pelo, como Sansón, por el mundo de las hermandades. Cuando subía a un púlpito demostraba que su experiencia de Dios era tan profunda como fácil de imaginar por su magnífica forma de transmitirla.

Capilla ardiente de fray José Luis Zurita en la iglesia del convento de Stella Maris. (A. C.)

El Padre Zurita sólo coqueteó con la blasfemia -bendito riesgo- en un aspecto: en su desmesurado amor mariano. Al hablar de la Virgen María, estallaba su corazón y se quedaba sin palabras, que ya es decir en semejante pico de oro. Para la historia quedan sus piropos a la Virgen de Zamarrilla en las muchas ocasiones en que tuvo la oportunidad de dirigirse a su principal devoción, como en el memorable pregón de su coronación canónica en 2003: «La corona, para Ella». O la explosión de amor a la Virgen desplegada en el pregón de la Pura y Limpia Concepción de los Dolores de San Juan en 2007.

También José Luis Zurita ha dejado un singular poso de cariño en Cádiz, en cuyo convento carmelita estuvo destinado desde finales de los setenta y durante los ochenta y noventa, en donde llegó a ejercer como prior. La carmelitana hermandad de la Paz (la Borriquita) de esta ciudad le distinguió con la segunda edición del galardón Emilio L. Bartús en 1986, después de que accediera a acoger la corporación en el interior de la iglesia del Carmen para efectuar su salida. Al año siguiente, el Padre Zurita pronunció el pregón de la Semana Santa de Cádiz.

Pero si algunas palabras de fray José Luis Zurita quedan en el imaginario cofrade -y deben quedar también aquí como justo epílogo-, son las pronunciadas en el pregón de la Semana Santa de Málaga de 1990: una sensacional pieza literaria desarrollada en un tono y ritmo que aún resuenan en cualquiera de los que lo vivieron u oímos después en algún momento.

Un texto pleno de marianismo, con alusiones tan emocionantes como las palabras que dedicó a la Virgen de los Dolores del Puente, a cuya vera pasó su perchelera infancia y que da título a este obituario: «Y yo recordaba entonces las veces que te recé en tu capillita del Puente de Santo Domingo. Mi madre fue la que metió en mi corazón la devoción a tus Dolores. Y yo miraba tu cara y la de mi madre y me preguntaba: ¿por qué las madres se parecen tanto cuando el dolor está por medio?».

O las palabras con las que comenzó ese día, al ofrecer su pregón a la Virgen de la Amargura, y que hoy se han cumplido: «Que su nombre bendito, después del de Dios y su Hijo, sea el último que diga mi boca como bordándolo». Y en oro que ha sido.