Numerosas cofradías custodian un patrimonio histórico-artístico de gran valor, además de único. Algunas de estas piezas se encuentran en un delicado estado de conservación y/o requieren un mantenimiento que, en muchos casos, las entidades herederas no tienen capacidad económica ni logística para hacer frente. Por ello, la Junta de Andalucía ha puesto en marcha una línea de subvenciones para proyectos de conservación del patrimonio de las hermandades. Un total de 750.000 euros, de los cuales, para la provincia de Málaga han recaído 105.650 euros, destinados a cofradías de Casabermeja, Antequera, Almogía, Álora así como a la restauración del templete de la patrona de Málaga, Santa María de la Victoria.

Estas ayudas con dinero público eran de libre concurrencia. Es decir, todo el que quiso pudo optar a ellas. Muchas corporaciones se han quedado en el camino, ante el alto número de peticiones y los exigentes criterios técnicos empleados; de manera que, aunque pueden haberse quedado fuera proyectos sin duda interesantes, de lo que no cabe duda es que los concedidos cumplen sobradamente requisitos para que puedan recuperarse, parcial o totalmente, con dinero de todos los andaluces.

Entre finales de 2017 y 2018, el Ayuntamiento repartió en torno a medio millón de euros a las cofradías, sin criterio alguno y con total arbitrariedad en el reparto

Cuánta diferencia entre este procedimiento, con luz y taquígrafos, y aquellas asignaciones a dedo y sin criterio alguno realizadas entre 2017 y 2018 por el Ayuntamiento de Málaga por presiones del edil tránsfuga Juan Cassá. En aquel momento era portavoz de Ciudadanos en la Casona del Parque y actualmente, con acta de concejal independiente y diputado provincial no adscrito. En busca de popularidad de cara a las Elecciones Municipales de 2019, recorrió las cofradías malagueñas repartiendo dinero público para que cada una hiciese lo que le viniese en gana. Literal: sin un criterio concreto. Aquel disparate fue respaldado por el equipo de gobierno de Francisco de la Torre que, igual que ocurre en el actual mandato, necesitaba del apoyo de Cassá para sumar mayoría en el Pleno municipal.

Aquel dinero no sólo se empleó en restaurar piezas de valor. De hecho, quizá fuesen estos los menos casos: se cambiaron solerías o se incrementó patrimonio de las hermandades, con piezas de dudosa urgencia. Si bien hay que decir que pudieron hacerlo, pues no hubo condiciones. Tampoco hubo criterio alguno en el reparto de ese dinero, en torno al medio millón de euros, que también fue totalmente arbitrario. El presupuesto municipal de 2018 otorgó subvenciones directas a 18 entidades cofrades por valor de 235.000 euros, más 180.000 euros que se aprobaron para la Agrupación de Cofradías y 37.000 euros, para la de Glorias. En los últimos meses de 2017, vía modificación de crédito, se destinaron 223.000 euros a otra veintena de cofradías de pasión y un pequeño pellizco de 6.000 euros también para las Glorias, tal y como se detalla en los siguientes documentos.

 

Al ínclito Cassá le valió como indudable estrategia de visibilidad y marketing, que se saldó con unas cuantas campanas tocadas durante la Cuaresma y Semana Santa de 2018, más presencia en los medios y un terreno abierto para lanzar su carrera política y la de aquella incipiente formación naranja. Comoquiera, valga la actualidad para evidenciar la mejor respuesta a la retórica pregunta de «¿y cómo quieres que hagamos?» ante episodios como el del concejal tránsfuga. Pues nada más y nada menos que así: como ha actuado la Junta de Andalucía en esta política de subvenciones.

Y valga, también, para aportar el deseable equilibrio en materia de ayudas públicas a cofradías e instituciones religiosas. La razón de ser de las hermandades, al menos en Andalucía, no puede ser reducida a su finalidad religiosa. Indudablemente, la raíz de ellas es la vivencia de la fe en comunidad y sus responsables, además, deben regirlas siempre con ese propósito en la cabeza.

Pero, igualmente, las instituciones que dinamizan la religiosidad popular son también unos importantísimos motores económicos, patrimoniales, culturales y, muy especialmente, sociales. Las cofradías son la primera puerta en la que pegan -y le son abiertas- muchas personas del entorno que sufren dificultades económicas o se encuentran en riesgo de exclusión social en muchos casos. Hay barrios en los que las hermandades se convierten en sus principales colectivos y se alzan como, en ocasiones, los únicos vestigios de identidad local en centros históricos que rozan los parques temáticos para turistas, hoy con la pandemia inertes.

 El tiempo ha demostrado que, lejos del sambenito, las cofradías integran personas de toda condición social e ideología política

Además, son instituciones que, lejos del sambenito, han permanecido en el tiempo porque en su seno se integran personas de toda condición social e ideología política: un verdadero ejemplo de convivencia y heterogeneidad en lo que único en común es la identificación con una fiesta que afianza las raíces de pertenencia a un legado, una cultura y una historia, de generación en generación.

Este hecho social incontestable que, aunque pudiera ir perdiendo fuerza en según qué lugares, sigue siendo un músculo digno de tener en cuenta, aporta, además, un importante patrimonio archivístico, histórico y artístico a Andalucía. Desde documentos de enorme valor y que revela el funcionamiento del asociacionismo desde hace siglos, pasando por ejemplos admirables del arte suntuario o el mantenimiento de edificios que sin las cofradías hoy estarían en la ruina.

Es preciso hacer frente a demagogias que ignoran a conciencia el valor antropológico de las hermandades y su legado, y que obvian o desconocen que estas ayudas repercuten en la recuperación de un patrimonio que es, de facto, de disfrute público y gratuito para todos los andaluces. Pero también a las hermandades no se les debe consentir que dilapiden -o pretendan hacerlo con la anuencia y el silencio de políticos e instituciones poco sensatas- el dinero público para hacer bastones, guiones y otros caprichos que deben pagar con el dinero de sus hermanos. No parece nada difícil establecer las diferencias. Con esos principios claros, por supuesto que es entendible el apoyo de las administraciones públicas hacia las cofradías.