Tan fugaz y efímera como siempre, la Cuaresma agota sus últimas horas, por anodina, insulsa y vacía que, por momentos, pudiera haber resultado en Málaga. Pero se marchará dejando el vacío que acostumbra y, esta vez, desembocará en una Semana Santa llena de incertidumbres. Este año, si llegan días de lluvia, o no, será secundario. ¿Acaso alguno ha mirado el parte meteorológico que se anuncia? El trance amargo de vivir una Semana Santa encerrados cada uno en su domicilio es parte del pasado. Esta vez, aunque no salgan las procesiones, sí que podremos ir al encuentro de las devociones y vivirla en hermandad, de forma distinta pero con los de siempre. Cuanto menos, cerca de los titulares que nos acompañan durante todo el año en la foto de la cartera. Aunque incomprensiblemente no hubo pregón para llamarnos a cumplir con nuestro rito centenario, hemos de abrazar lo que está por llegar. En algún momento, volveremos a lo de siempre; mientras, toca conmemorar la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo como las circunstancias nos permiten. Cuánto hubiésemos dado hace sólo un año por poder estar cerca de nuestros titulares. Ahora tenemos esa oportunidad.

Y la incertidumbre radica en cómo responderán los malagueños ante esta realidad sin precedentes. Qué hará esta ciudad, más semanasantera que cofrade, pero siempre fiel a la llamada de las cofradías. Hay quien pone el foco en la crisis sanitaria y cuestiona que las visitas a los templos puedan convertirse en focos de contagio. Quizá sean los mismos que piden a los ciudadanos que se queden en sus casas para garantizar la seguridad de los visitantes; y ya decíamos que durante toda la pandemia, si un colectivo ha sido especialmente responsable, ese ha sido el cofrade: la Iglesia en general y las cofradías en particular. Nadie dude que así seguirá siendo, aunque toda medida de seguridad sea bienvenida, incluso para controlar que los turistas cumplan con las medidas impuestas como hacen los residentes.

En el contexto de la historia, este paréntesis sin procesiones quedará como una anécdota más, una de tantas

Más allá del contexto, llegan días en los que el semanasantero volverá a asomarse a la capilla de su cofradía. Sea hermano de cuota o un simple ciudadano que sabe Dios qué le trae hasta aquí. Nadie es juez para valorar los actos de ninguno; mucho menos un cofrade sobre el compromiso o la frecuencia con la que alguien pueda acudir a la iglesia, a su cofradía o visitar a sus devociones. En todo caso, podría ser una oportunidad para hacer que la persona que, voluntariamente, se acerca a un templo, no tarde tanto en volver.

Aún inmersos en la pandemia, casi sin darnos cuenta, es nuevamente Viernes de Dolores. Quizá la jornada que más se pueda parecer a lo vivido siempre, pues al menos los tradicionales septenarios se realizan con relativa normalidad, aunque todos llevamos algún puñal clavado en el corazón. En el contexto de la historia, este paréntesis sin procesiones quedará como una anécdota más, una de tantas. Con mascarillas y gel hidroalcohólico, salgamos a la calle. Con el debido distanciamiento y respetando los aforos, llenemos nuestros templos. Pese a todo, es Semana Santa y podemos vivirla con nuestras cofradías.