Cuando vuelva a poner los pies en remojo después de pasar casi 20 horas en la calle, me recordaré a mí misma escribiendo este artículo. Cuando, sentada en la encimera, con las piernas colgando, vuelva a comerme una torrija como avituallamiento antes de acostarme y después de haberlo encerrado todo, pensaré en la noche en la que me puse a escribir asumiendo de nuevo una Semana Santa difícil. Cuando vuelva a levantarme por la mañana con el murmullo de la calle redoblando en las sienes me acordaré de cuando, intentando componer las nuevas piezas, iba encadenando estas líneas. Líneas que no son más que un intento de terapia: literatura de diván. Como echar al mar una botella con un mensaje o sacar un pañuelo blanco por la reja. Resulta que es Domingo de Ramos  y estreno un jersey que iba a ser mi estreno el pasado año. Me lo habían regalado en mi cumpleaños. El 14 de marzo. El mismo día en el que a todos se nos entregó un estado de alarma envuelto en papel de BOE. También me regalaron ‘Crimen y Castigo’, de Dostoievski, y hay veces que te sientes como Rodion Raskólnikov vagando por las calles, buscando una nueva realidad que alivie. Aunque sin hachazo de por medio, que ya tenemos suficiente.  Una realidad que a lo mejor se encuentra en la gota de cera «que nadie ha podido limpiar», «atrapada entre los zócalos del suelo» que decía Antonio Banderas.

Se sienten fuertes los nudillos de la impaciencia llamando al quicio del alma, esperando a salir como un niño del colegio, como una novia del coche, como un payaso a la pista.

Es Domingo de Ramos. De nuevo. Y todo lo que hemos y lo que no hemos vivido desde hace un año para acá se agolpa en el pecho. Se sienten fuertes los nudillos de la impaciencia llamando al quicio del alma, esperando a salir como un niño del colegio, como una novia del coche, como un payaso a la pista. Porque cuando salga todo estallará. Y nadie podrá pararnos. Como un contrarrelojista que sale el último sabedor de que va a pulverizar las marcas anteriores; como Montgomery Clift rogándole a Olivia de Havilland en La Heredera; como Steve Rogers loco por alistarse; como Tom persiguiendo a Jerry.  Y mientras llega el día, al contrario que a Sabina, me envenenan los besos que no voy dando, que hoy serían muchos. Me envenena ese no almorzar si se puede donde se pueda, ese pellizco que ha seguido cogiendo fuerza. Me envenena no escoger ese calzado cómodo concienzudamente deliberado para que el confort no descuadre el modelo elegido. Que el domingo es el día del sol. De sol en La Unión buscando la calle Ancha. De sol irredento en la plaza de San Pablo, de sol reflejado en una espalda capaz de gobernar el mundo desde la humildad. Un sol con forma de Tau bajando Dos Aceras, un sol prendido en las manos de Verónica.

Golpean en las entrañas, como bate la marea en las rocas, las ganas del Himno Nacional en la calle Parras y del Pescador de Hombres en la Tribuna de los Pobres, las ganas de palma en la solapa y del pique entre olivos de balcón a balcón, de la Niña de San Juan bailando por Nueva, de juntar la mañana con la noche y la Cruz con Capuchinos pasando por El Perchel.  Porque es domingo de palmas, es Domingo de Ramos y es domingo de ganas.