Supongo que todos los cofrades hemos soñado decenas de veces cómo nos quedábamos dormidos el día más importante del año. La procesión sale y nosotros no llegamos. Qué pesadilla tan repetida perder el capirote u olvidar la túnica. Lo más parecido lo viví un Domingo de Ramos, aquel que la Pollinica iba a salir de la Catedral por primera vez, una feliz realidad que se mantuvo durante algún tiempo. Aquello sí era el pórtico que merece nuestra Semana Santa; la lírica en la calle Parras queda algo forzada. Fui testigo de aquello: creo que no pasaron ni veinte minutos desde que salí de la cama, hasta llegar al Patio de los Naranjos. Y no vivía especialmente cerca del centro. Aquellos años iban mejorando poco a poco lo vivido en los ochenta y todos hemos seguido dando forma a nuestra Semana Santa, hasta llegar a nuestros días. Había muchas cosas que debían evolucionar, seguro, pero fuimos felices. Por eso nos gusta soñar y revivir aquellos momentos, todos dibujan etapas de nuestras vidas.

Con una carrera tremenda empezó aquella Semana Santa de mi adolescencia, años en los que algunas cofradías experimentan con las primeras agrupaciones musicales que pisaban Málaga, cuando apenas se prestaba atención a la música, en general, y el concepto de «cruceta musical» aún estaba por inventar. Algún día también recordaremos esta Semana Santa que estamos por vivir, aunque ahora nos empeñemos en traer a nuestra memoria la colección de recuerdos que conforman nuestra historia particular. Somos fruto de nuestro tiempo y mis primeros recuerdos a pie de calle son de esos principios de los noventa. Aunque he vivido vestido de nazareno el descanso del bocadillo en el Pasillo de Santa Isabel, pero esa historia es del Lunes Santo.

Entonces no teníamos internet y era obligatorio salir de casa con la radio en el bolsillo, sobre todo si había riesgo de lluvia

Ojalá nos pudiéramos reunir en un rato en la plaza de los Mártires para ver de salir al Huerto de su tinglao. Allí estaba cuando una rama del olivo se coló por el balcón de aquella casa rompiendo varios cristales. No alcanzo a recordar si fue el mismo del estreno de la agrupación de la Roda tras el Señor. Qué bonita aquella primera curva. Creo que fue la única que pudo dar antes de empezar a arrastrar patas. Eran años en los que no había forma de que un trono se adaptase a la cadencia de una agrupación. Tampoco a las cornetas. O viceversa. Del mismo modo, la Pollinica tuvo varias intentonas con poco éxito, pese a que aquella formación onubense también sonaba bien. Pasó tiempo hasta normalizar esto.

Los que tenemos memoria aprendimos décadas atrás que si dan agua a las dos de la mañana, más nos vale estar en casa para esa hora. El Prendimiento nos salvó aquel aciago Domingo de Ramos de 2007 pero, finalmente, se mojó. Entonces no teníamos internet para consultar los partes meteorológico y era obligatorio salir de casa con la radio en el bolsillo, sobre todo si había riesgo de lluvia. El cielo fue tornando a rojo hasta que empezó a llover cuando el trono del Gran Perdón estaba a la altura de la Confitería Aparicio. Qué añoranza de aquellas vueltas por la Carrera de Capuchinos. Años antes, la llegada de la Salutación y la Salud fueron todo un revulsivo para la jornada. Incluso daba tiempo de echar una siesta antes de bajar a ver procesiones por la tarde y ahora no podemos ni parar a comer. Para ver al Cristo de la Esperanza en su Gran Amor en la calle tuvimos que esperar algunos años más. Aquella tarde de sol de lipotimias no se cabía en la plaza de San Pablo. La jornada era bien distinta, quedaba aún mucho por llegar y a esa hora no había casi nada en la calle. Hoy, con tanto cambio, debiera revisar si recuerdo de memoria el orden de las cofradías del Domingo de Ramos.

Seguro que en la esquina más inesperada nos chocaremos de frente con momentos vividos que parecían olvidados

Si impensable sería hoy una Jornada de Palmas sin los capirotes verdes fusionados, imborrables son aquellos rosarios de la aurora de Lágrimas y Favores; y el primer Cristo del Amor que interpretaba Fusionadas cuando se abrían las puertas de San Juan. Quién podría imaginar que la cosa tomaría los actuales derroteros. Que se lo digan a la Sagrada Cena, que para recordarla el Domingo de Ramos y en la capilla de la Estación, hay que empezar a peinar canas. Llegan días sin procesiones pero seguro que en la esquina más inesperada nos chocaremos de frente con momentos vividos que parecían olvidados. Por eso, la Semana Santa nos recuerda cada primavera que estamos vivos y nos invita a soñar. Y a vivir.