Me quité la americana y desprendí de la solapa la palmita rizada que tomé de la mesa de mi Hermandad de los Remedios. Me desaté la corbata de estreno. Los pies suspiraron al descalzarme y llevaba pulseras, estampas y otros fetiches. Escribo ahora de madrugada. ¿Quién dice que no ha sido Domingo de Ramos?

Colas y colas en San Juan: en la calle de mis raíces y en donde, ojalá, deban caer mis hojas caducas alguna vez. Allí sea, junto al Cristo de la Redención y la Virgen de los Dolores; pero también en la cercanía de las devociones que me guiñaron desde muy pequeño, y en donde la Virgen de Lágrimas y Favores tiene su cuota, por supuesto. Juan Navarro ilustra su delicioso artículo de la mañana con una foto de aquel rosario de la aurora que fue mi Cuadernillo Rubio de la caligrafía cofrade. Entonces sólo oía sonidos, los del pasacalles de Fusionadas; sólo veía colores, el rosa de los claveles, el negro de los varales, la orilla lobulada de su verde manto, el rojo de la saya y de los plumeros de la banda… Ahí empezaba todo, y no hablo del calendario.

El único paréntesis de inquietud de un día que ha sido ciertamente muy feliz lo ha marcado almorzar en casa. No recuerdo cuál fue el último Domingo de Ramos que hice esto; pero aseguro que ha sido el mayor síntoma de lo extraño de la jornada, más incluso que la propia mascarilla que debemos llevar.

Así las cosas, había que salir de casa antes de sentir la fría guillotina del desánimo que coquetea con la fatiga pandémica -en días como estos se convierte en una cueva que te venda los ojos y te revolea el calendario-. Y el analgésico fue ‘el Chiquito’. Allí en su casa hermandad estaba, frágil y tierno: todo un pescador de hombres a la orilla del Carmen, fuera de un templo que le apaga sus luces a la hora de la Misa porque todavía hay a quien le molesta que los carboneros pisen la Iglesia.

Todo un pescador de hombres a la orilla del Carmen, fuera de un templo que le apaga sus luces a la hora de la Misa

El camino hasta el confín de calle La Unión es tedioso, y más si en el horizonte no se atisba el espejismo, fraguado en un desierto con el mercurio a tope, de ver estolas y capirotes marrones, de oír campanillas batidas por los más chiquitillos o tambores haciendo eco en las naves industriales o en el cruce del puente.

Pero el oasis fue la bendita frescura de su pose jerezana. Bajo palio en una iglesia que ya por dentro lo va pareciendo, y desgranando su nombre en la bicromía negra y verde de sus galas: Dolores y Esperanza.

Zigzagueando, como las nubes que apenas han soltado agua, recorrí esas calles nada cofrades, esas rutas tan fuera del circuito, tan alejadas del ambiente que sólo por eso son maravillosas de pisar. ¿En pleno Domingo de Ramos qué hago por calle Gerona, por plaza Babel, por calle Santa Elena? Gracias, hermandades de barrio, por traer odres nuevos a los mapas del corazón.

«Por una ventana se ve la Virgen».

Sonaban pajaritos en torno a los naranjos de la plaza de Zamarrilla. La tarde avanza y una cola aún calmosa, paciente, sin mucha jarana, aguarda para entrar en la ermita. Por una ventana se ve la Virgen. «Es una muñequita», oigo a la pareja de detrás. Es evidente que del agravio al piropo sólo dista el tono; y esa frase derretida de amor le subió los colores a la Amargura.

Cuánto ganan estas imágenes cuando se presentan al culto separadas. Qué fácil salen las oraciones cuando cada una ocupa un espacio y los ojos pueden enfocarse con más certeza. Presidiendo, la Dolorosa; y frente a frente, los dos Cristos de Palma Burgos. A un lado, el Señor del Santo Suplicio bien rodeado de figuras colosales en todo su amplio sentido, a la altura del Señor; altura también en todos sus sentidos. En la pared izquierda, como un humilladero levantado por un pueblo azotado por miserias, como una suerte de monumento urbano, el Cristo de los Milagros exhibía su color natural, su expresión de muerte bien resuelta, sus armónicas piernas, el paño que enamoró a Benlliure… Casi todo lo que parece esfumarse cuando está de diario en su insuficiente camarín o en su excesivo trono.

En la pared izquierda, como un humilladero levantado por un pueblo azotado por miserias, como una suerte de monumento urbano, el Cristo de los Milagros.

En la esquina de calle Mármoles con pasaje de Torres, los últimos de la cola aguardaban para entrar en San Pablo. Hay que pedir salud, pero yo aprovecharé un día menos masivo en la Trinidad para acudir y, por lo pronto, me presenté en San Dámaso, en donde Jesús también de la Salud, madera de hoy con sabor de siglos -gracias, Encarna Hurtado-, esperaba en la sosegada iglesia en donde la Piedad se aparecía en el presbiterio como una escena protagonizada por humanos congelados en el ademán preciso. A veces pienso que la Virgen de la Piedad -ajena, muda, cristalizada- no está aquí con nosotros; a veces se me antoja la blasfemia de que la Virgen de la Piedad está más muerta que su Cristo.

La Cruz del Molinillo, hoy, ni palmas, ni capas blancas, ni damascos rojos y azules. Vaya plan. Por calle Alta, un coche acaba de reventar el cristal de un bote de garbanzos y su brusco sonido me transporta mentalmente, de nuevo, a los pies de la Piedad. ¿Cómo suena un corazón cuando se rompe?

El Ejido, tres cuartos de lo mismo. Desvalijada: ni vallas de prohibido aparcar ni trasiego de vísperas en el Buen Pastor. Eso sí, alguien se afanaba, remetido como una anchoa en el minúsculo ventanuco de la parroquia, en ultimar algo de lo que formará parte de la propuesta de la Crucifixión del día siguiente. Los cofrades, quitando telarañas en las Iglesias. Me gusta esta greguería.

En las colas se pasa el rato escuchando conversaciones, aderezadas con alguna parida que otra, pero también con sentencias  muy certeras, como quien ha aseverado a mis espaldas que la marcha ‘Oremos’ es muy bonita.

Y la Victoria. En la cola, algunas gotillas, leves pero suficientes para que, en un Domingo de Ramos normal, cundiese el murmullo consabido y algún cargo nazareno corriera más de la cuenta. Se pasa el rato escuchando conversaciones, aderezadas con alguna parida que otra, pero también con sentencias muy certeras, como quien ha aseverado a mis espaldas que la marcha Oremos es muy bonita. Seas quien seas: te alabo el gusto. Además, las colas sirven también para leer azulejos y placas. La basílica de la Patrona es rica en esto. Y entramos.

Un circuito muy sesudo y bien pensado permite detenerse en la Virgen de la Merced bajo palio o en la de la Caridad -Pepín: descansa, que está cuidada-. Y en el Cristo de la Humildad; en ese Ecce Homo que no habla y a través de cuyos ojos buscamos entender su complejo mundo.

Y también, como una silente y perfecta sala de profundis; al fondo, al final, el Amor. El Cristo que parece que ha muerto tras habernos susurrado que vuelve en tres días. La sonrisa inerte y la blanca carne. Amor del que todos podemos asir una parte porque está todo pagado. Por paradójico que sea, no; no está tan lejos de la Misa de Palmas esto que veo ahora y que me llama a cerrar el primer día.

Archivado en: Semana Santa 2021.