• domingo, 05 diciembre 2021
  • Actualizado: 30/11/2021
4 meses y 5 días para el Domingo de Ramos

La Virgen de los Dolores y su capilla del puente son una estampa congelada del desaparecido barrio de El Perchel. Agarrarse a esas rejas es trasladarse a otro tiempo. Ponerse en el pellejo de tantos otros que antes acudieron a su encuentro, cada uno con su mochila a cuestas. Como aquel Camino de Santiago que andamos nuestros primeros kilómetros hasta la Virgen antes de coger el tren. Entrar este Lunes a Santo Domingo es una invitación a soñar tantos momentos vividos con esa Dolorosa junto al Cristo del Perdón. Cuánta añoranza en un simple altar. El sueño hecho realidad de aquella Coronación vendría mucho después, con todo lo (bueno) que trajo.

Para empezar a escribir estas líneas, he puesto de fondo la marcha de José Fernando Jurado con la que Fusionadas recibía en el Llano de Doña Trinidad al trono. Justo antes, Miraflores se despedía tras interpretar Aquella Virgen. Castellanos apostaba por mantener ciertas marchas siempre en los mismos enclaves. ¿A qué suena un Lunes Santo cuando pasan las ocho de la tarde? Pues eso. Si funciona, perseverar nunca puede ser un mal plan. Particularmente, me gusta que existan momentos inalterables y revivirlos cada año. Tanto como la marcha que te sorprende en la curva más inesperada. Con los sentimientos a flor de piel, la Semana Santa avanza como una montaña rusa de emociones, todas distintas. Cuántas madrugadas de callejeo por ese último bastión del barrio: Polvorista, Zurradores, Martinetes y Cerrojo. Todo, cuasi una plegaria, un Lunes Santo tras otro. Momento imprescindible, ya relegado al recuerdo tras los cambios que trajo el nuevo Recorrido oficial. Quizá era mi única cita obligada de verdad, todo se podía negociar menos aquello. Caminando delante de aquellos ciriales, que un día prometí a la Virgen llevar, hasta la entrada en Santo Domingo, con el trono de frente y la hiperbólica sombra del Calvario proyectada sobre la pared del templo. Casi puedo escuchar el run run de fondo de quienes cada año se preguntaban por qué no gira y mira al pueblo. Siempre estaba quien debía explicar que «nadie entra en su casa de espaldas». Cuánta felicidad entre tanto derribo… 

Durante años creí que eso de parar en mitad de la procesión para cenar, era lo normal

«¿Por dónde irá el Señor?» Salvo anomalías, subiendo la rampa para cruzar el Puente de la Aurora. Luego, hasta el amanecer escribiendo delante del ordenador. Pero el Lunes Santo de siempre empezaba al alba. Queda lejos porque la nueva propuesta del Sábado de Pasión ha encajado como un calcetín: hace la víspera mágica y el Lunes Santo, más humano. La historia deja claro que las devociones también gozan momentos álgidos y etapas de menor efervescencia. En mi corta memoria, el aura de silencio que genera Jesús Cautivo a su paso lo recuerdo tal cual, de siempre. De hecho, verlo andar en silencio, casi sintiendo la respiración de sus devotos, es como más me gusta. Particularmente, en Semana Santa, suelo evitar los momentos que requieren mucho tiempo de espera; prefiero andar con las cofradías y acompañarlas. Pero una vez me planté una hora antes en el Puente de la Aurora para verlo de cruzar y aquello, ciertamente, corta el aire.

Pero puestos a soñar, el Lunes Santo me trae mis primeros recuerdos nazarenos, en los Gitanos, la cofradía de tita. El famoso cruce con los Estudiantes en la Alameda es anterior, pero en carnes propias viví aquellas salidas próximas a la medianoche, el tinglao amarillo y el descanso del bocadillo en el desaparecido Pasillo de Atocha. También las sillas del Recorrido oficial sin un alma para ver el paso de la Cofradía. Durante años creí que eso de parar en mitad de la procesión para cenar, era lo normal. Los enseres más pesados se apoyaban en cualquier pared y la sentadita para aguantar el tirón estaba permitida. Aquello era eterno, para continuar la marcha, debía pasar toda la promesa del Cautivo y entonces sí que era numerosa. Gitanos cerraba la jornada por antigüedad, hasta que se cansó y dio la vuelta a la tortilla. De la mano llegó la Crucifixión y desde entonces, ha sido uno de los días más invariables de nuestra Semana Santa. Con poco cambio y sólo seis cofradías en la calle, supongo que todos teníamos nuestra colección de momentos que siempre repetíamos. Con el nuevo Recorrido oficial, cualquier reflejo del pasado será un mero espejismo; cuando volvamos será también para buscar y hacer nuestras nuevas rutinas, pero para nosotros se queda todo lo vivido.