• miércoles, 22 septiembre 2021
  • Actualizado: 18/09/2021
6 meses y 19 días para el Domingo de Ramos

Esta noche, de vuelta a casa, me he topado con un puestecito de chucherías dotado de su ruidoso generador de horteras bombillas y, la verdad, empiezo a comprender eso de que Dios está en todos los lados.

Y más el Lunes Santo, que es el día del Cautivo. Deslizando el móvil por las redes sociales esto parece quedar claro. Pero yo he preferido aplazar para otro momento el encuentro con el Señor. A fe que no ha sido fácil, porque reconcome esa sensación de estar esquivando la lluvia de gracia blanca que está cayendo sobre tus paisanos al tiempo que se plantan cara a cara con Él. Pero el Cautivo ya ha demostrado en multitud de ocasiones que es el único suministro de primera necesidad que no sufre cortes en la Trinidad. Siempre está. Iremos.

Hoy ha tocado Capuchinos. En el santuario, una claridad reconfortante se colaba, pasada la mañana, por la puerta que comunica el templo con el patio del colegio salesiano. El astro salía al recreo y jugaba a recortar las costillas del colosal Cristo de las Penas, que parecía estar presentado por María Auxiliadora.

Después de la eclosión de ayer, la Divina Pastora aún registraba un ambientazo, pero al menos ya se medio podía hacer cola; ni comparación con el Domingo de Ramos. Era cuestión de matemáticas: dos hermandades con sus respectivos cofrades y un barrio con una firme identidad y orgullo propio. El resultado: colapso, además en una iglesia que ha volcado todo lo que ofrece en una nave, haciendo la visita un tanto angosta. Con propuestas similares, el Prendimiento y el Dulce Nombre enmarcaron sus dolorosas en sendos palios y sacaron todo su grupo escultórico para plantearlos como dioramas. Me vino a la cabeza la inédita inquietud que ahora nos provocan las escenas antiguas en televisión en donde aparecen muchas personas juntas sin mascarillas. Pues es una sensación aplicable a la densidad de imágenes que se arremolinan sin complejos ni remilgos -Capuchinos puro-, en esa nave.

Santo Domingo se llevará más visitas, seguro, a lo largo de la semana. Es preciso dedicar a imágenes tan queridas su espacio merecido. Aunque sí fue posible detenerse en la impresionante carne inerte del Cristo de Mena: en su cárdeno tono, su ciclópea armonía y su rostro abandonado que tanto recuerda a los que duermen en la calle. Qué buen escudo sería su hermoso pecho para tanta alma frágil que anda suelta. La enérgica fuerza del Cristo de la Buena Muerte logra reducir los recios banderines de guerra a un timorato tapete de patchwork en donde su cuerpo decide recortarse.

«Escaleras del presbiterio: acceso directo a la máquina del tiempo»

En el altar mayor, al sol de la sobremesa, unos lirios abrían sus manos, sobrecogidos por la fuerza de un eclipse. Escaleras del presbiterio: acceso directo a la máquina del tiempo. Tiempo bueno y pobre en donde la Cofradía de los Dolores del Puente se acurrucaba en un trono y llevaba a la Virgen, no a los pies, sino delante del Cristo del Perdón, como una enlutada y misteriosa mujer segadora que andaba cortando los cardos del campo para abrir caminos. En el altar mayor, al sol de la sobremesa, cuatro hachones tiniebla humeaban dibujando la penúltima rejería de una casa de El Perchel. Escaleras del presbiterio: el monte donde mora el Perdón.

Algún día habrá que explicarle a quienes nos suceden que calibrar la fuerza y la salud de las hermandades por el tamaño de los tronos es una mamarrachada, pero que hacerlo por la cantidad de personas que participan en la procesión también puede llevarnos a engaño. Pensaba esto mientras caminaba por la zona de Echegaray y San Agustín y veía un continuo ir y venir de hermanos de traje, sin medalla -porque no están en la iglesia-, pero que se intuía claramente en torno a dónde orbitaban.

Pasión, hermandad fortísima, celebraba en el exilio de Santiago una jornada en torno a sus titulares dispuestos en el presbiterio con la simpleza de quienes nunca han perdido el norte y saben a quién hay que llamar este día y qué necesitan estos. Abanderados de ese intangible que se llama sentido de pertenencia: la mayor aspiración de cualquier hermandad. Tanto que demasiadas veces, y no en el caso que nos ocupa, desde luego, nos henchimos de la asistencia del pueblo de Málaga a estas citas, a lo mejor para echar una capa de olvido a la raquítica respuesta de los hermanos.

Demasiadas veces nos henchimos de la asistencia del ‘pueblo de Málaga’ a estas citas, a lo mejor para echar una capa de olvido a la raquítica respuesta de los hermanos

La visita a Santiago se completaba con sus dos cofradías de siempre. La de Jesús ‘El Rico’, aguardando el momento de ir a la Catedral a cumplimentar un acto de liberación que vale por tres; y la Sentencia, en un finísimo altar, en donde la Virgen del Rosario brillaba con luz propia.

Calle Victoria andaba cerca, el supermercado también y a la Virgen del Rocío le debía una antigua explicación. La iniciativa de sustituir claveles por alimentos resultó tan brillante que era de ley secundarlo. Ver a Jesús de los Pasos caminando hacia un calvario de bolsas es una procedente actualización de la Pasión de Jesús, que está con los sufrientes.

Allí aguardan muchos almuerzos salvados y otras tantas meriendas para los niños. Sin distancia social de ningún tipo ni precaución alguna, se amontonaban toneladas de comida para combatir la primera pandemia: la pobreza. Y al fondo, a brazos abiertos, escuchando piropos, recibiendo niñas tocayas y acaparando miradas, la Novia de Málaga observando cómo sus hijos convierten sus claveles en panes. Y por fin hablé con Ella.

Ahora tocaba ir a donde empezamos cada Lunes Santo. La iglesia del Buen Pastor acogía a los titulares de la Crucifixión, dispuestos a modo de stabat mater, que acentuaba la expresión de la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad. En San Juan, la Virgen de la O amanecía con sus mejores galas para este día y el Señor de la Columna, en un Vía Crucis muy madrugador y para los hermanos, paseó su silueta vencida por las naves de su sede provisional.

Se colaba en el interior el sonido de los niños jugando en el nuevo parque infantil instalado en los jardines del Hospital Noble. Mientras los columpios bailan afuera, Cristo aquí pende de dos tiras de sábana

También se terció un buen momento para acudir a contemplar, entre abundancia de cera y flores, la inmensidad del Señor del Descendimiento. Mientras titilaba la cera roja, se colaba en el interior el sonido de los niños jugando en el nuevo parque infantil instalado en los jardines del Hospital Noble. Mientras los columpios bailan afuera, Cristo aquí pende de dos tiras de sábana.

La Catedral acogió el primer pase del concierto de marchas de órgano de la Catedral. El tema central de ‘Virgen de Gracia’ de Artola emergiendo de los tubos fue la alarma que me trasladó a San Agustín, ahora sí, a plantarme ante el espléndido altar de cultos de la Pollinica. La mano del Señor que bendice, a veces se antoja la de un mago que, de un chasquido, acaba de restar los años precisos para aclarar la mirada.

Y con esa mirada clara decidí terminar la jornada en Alcazabilla, con los Estudiantes, porque sentí la necesidad de meter la mano al fondo del baúl y sacar el recuerdo fresco de la niñez; el de los primeros minutos del Domingo de Ramos cuando se trasladaban el Señor y la Virgen y pasaban bajo el balcón. Allí estaban la Virgen de Gracia y Esperanza, cobijada en un espléndido palio nuevo, y el Coronado de Espinas, estoico y manso, con sus manos caídas como las hojas de otoño; una imagen de quien seguramente Núñez de Herrera hubiera sugerido que espera sentado los toques de una campana que levante ese trono. Nosotros también.

Archivado en: Semana Santa 2021.