Hay un lugar que me construyó y que necesito pisar de forma recurrente para ubicarme sentimentalmente: es la calle San Juan. Mi casa tenía un balcón desde el que, en la tarde de cada Lunes Santo, veía con mi abuela -y toda la familia que se apuntara- la bajada de los Estudiantes por Especería y Cisneros. Aún tengo grabada, como un hermoso lienzo que me hubiese dejado marcado de algún museo, la paleta de colores de la escena: el dorado algo cobrizo del trono del Señor rajado por la contundencia del rojo terciopelo de la clámide, o el envejecido verde del manto de la Virgen de Gracia y Esperanza. Y el chasquido de la madroñera de su palio a modo de instrumento novedoso del Gaudeamus. Siempre intentaba aguantar por todos los medios a la madrugada alta, porque quería verle la cara al Cristo, que a la ida miraba hacia calle Santos. Pero no siempre lo conseguía.

Y mi casa también tenía un cierro, más pegado a la iglesia de San Juan. Ahí, cobijado de los fríos de la madrugada y en pijama tras un intenso Miércoles Santo de procesiones, iba asistiendo a dos encierros. En mi hogar, como un goteo, los míos se iban recogiendo en sus lechos mientras la puerta de San Juan se iba tragando nazarenos de todos los colores. Desde luego, mi casa quedaba lista antes de que lo hiciese Fusionadas. Pero recuerdo mi tozudez en combatir la modorra -se me viene el recurrente fotograma de Tom y Jerry, en el que el gato anda con los ojos abiertos con pinzas, irritados de aguantar el enorme sueño que le acecha-: sólo aterrizaba en la cama, orgulloso de haber aguantado su llegada, una vez entraba la Virgen del Mayor Dolor y abría, entonces, el paracaídas de mis ojos.

Yo no soy capaz de ver a Fusionadas sin los ojos de la emoción, porque todo lo que pasa ante mi cada Miércoles Santo lleva grabadas muchas caras que no están, como la de Ana. Pero también un puñado de momentos buenos e incontables pellizcos de infancia que me fueron despertando la voluntad de ser cofrade. Ya aludí a esos colores del rosario de la aurora, pero valdrían la sobriedad y pequeñez de aquel trono de Azotes y Columna o la frescura rojo y oro de la Exaltación. Y valdría también el escondite entre los faldones y las enormes ruedas neumáticas en la semana de vísperas; o la debilidad por la Virgen del Mayor Dolor con San Juan, en una estampa entonces única, con las corbatas azules de su palio y ese manto azul que bien podría ser el photocall de mi infancia.

El escondite entre los faldones y las enormes ruedas neumáticas en la semana de vísperas en San Juan…

Y por el Cristo de Ánimas de Ciegos. Un nombre que he oído y musitado en mi casa desde siempre y al que todavía la rutina no ha sido capaz de restarle un ápice de misterio y de ternura. El último trono que traían a San Juan para montar. El último Cristo que esperaba su trono. El primer Cristo muerto; la grapa central del libro que contamos estos días.

El Martes Santo ha comenzado junto a ellos, en la víspera de su día grande, un Miércoles Santo que durante siglos acogió la procesión de la parroquia San Juan que cerraba mi Virgen de los Dolores.

Pero la jornada nació con la urgencia de no demorar algunas citas, porque ya notaba dentro esos fantasmas que nos atormentan con los condicionales catastróficos, verbi gratia «¿y si al final te quedas sin verlos?»

Y por eso me planté pronto en San Julián. En cuanto a crítica de a pie de calle, el altar de la Archicofradía del Huerto estaba recibiendo las alabanzas más unánimes y, además, sea como fuere, hay que recordar que son ellos los que, vista alzada, tienen que esquivar nuestra mirada y no al revés. Había que ir.

Lo que han montado en el Huerto no está al alcance de muchos; es muy fácil de hacer pero muy, muy difícil de hacer en condiciones

Qué fácil parece la pulcritud. Un reduccionista diría que sólo han colgado el magnífico manto de la Dolorosa, engalanado el coro y puesto banderas. Cualquiera que sepa mirar más allá sabe que lo que han montado estos cofrades para sus titulares no está al alcance de muchos; es muy fácil de hacer pero muy, muy difícil de hacer en condiciones. Por si fuera poco, los protagonistas ayudan, especialmente la maravillosa imagen de Jesús Orando en el Huerto, a quien le han traído un trozo de amarga noche azul al interior de San Julián.

Enfrente, en su trono, soberbio, pero en donde no cabe su grupo escultórico -lástima-, Cristo Resucitado. Su presencia siempre sobrenatural, ahora frente al Señor del Huerto, se antoja una aparición apócrifa en la noche de Getsemaní; una prefiguración, acaso la mejor confortación posible en ese momento del sudor de sangre: “mi voluntad se cumplirá y este que ves frente a ti serás tú mismo a los tres días”.

Ver al Señor de José Capuz alzándose como un proyectil pacífico hacia la bóveda de la iglesia es el más oportuno canto a la esperanza hoy. Emulando a la Virgen Reina de los Cielos, se estaba la mar de protegido tras la realista y clásica espalda de nuestro inmenso Resucitado mientras la tarde se desperezaba en la calle.

«El Resucitado frente al Señor del Huerto se antoja una aparición apócrifa en la noche de Getsemaní; una prefiguración». (A. C.)

Fugaz porque la cola tiene que avanzar -se entiende: son muchas personas las que aguardan-, me planté ante la Esperanza y el Cautivo. En El Perchel, más que en el interior de la basílica, a la que acudo en circunstancias más íntimas y sosegadas, ha sido provechosa la espera. Rodeando la calle San Jacinto, la banda de música repasaba ignoro qué marcha una y otra vez; los pajarillos saltaban de árbol en árbol y el público de la cola, sereno, distanciado, hablaba con quietud como si fuera la sala de espera del médico que te va a curar.

Este detalle me hizo pensar en lo que estoy aprendiendo en las filas de entrada a los templos. Aprendiendo de lo que esta ciudad quiere a sus cofradías y a su Semana Santa. De cómo la apoya y comprende, perdonando descuadres horarios, malos entendidos y hasta a ratos malos modos de algún sheriff de mercadillo con traje y medalla. De cómo hace suya esta fiesta y como consecuencia, logra reconciliar al cofrade con su esfuerzo, sabiendo que no grita en el desierto. La ciudad entiende el idioma que le hablamos. A lo mejor es que les hablamos poco.

La plaza de Jesús Cautivo parecía, sin embargo, como todos los Martes Santos, un escenario demacrado como un paseo marítimo en una noche fría de noviembre. Ojeras hasta en las macetas y, aunque mucho ambiente, ni de lejos era la locura del día anterior. Había espacio, por ejemplo, para que un buen hombre dejase sentado su cuerpo en el andador en la acera de enfrente y echara a caminar su alma hacia el Clavo ardiendo de los malagueños.

Un buen hombre sentó su cuerpo en el andador y echó a caminar su alma hacia el Clavo ardiendo de los malagueños

Es hermoso cómo está planteada la llegada de los fieles hasta el Cautivo. Mientras la fila avanza, la vista te alcanza para recrearse en el frívolo gotelé de los muros de la Casa hermandad. Pero al andar, se genera un travelling que desecha esa pared para plantarse, de pronto, ante el Señor. Y, como siempre; como cuando llegamos a su capilla, como cuando aparece en alguna esquina el Lunes Santo, se suceden los segundos de congelación propios de quien se siente mirado por una extraña fuerza. Hasta que, al fin, leemos en los labios su Palabra: «No tengáis miedo».

La tarde caía lánguida, como lánguida avanzaba la cola de la iglesia de San Pablo. Dentro, en el crucero: en donde ha estado décadas y décadas Dios mismo -por si alguien se cuestiona la dignidad del espacio-, se posaban los titulares de la Salud, rodeada la Virgen de su inmensa devoción hecha flores.

A los pies del templo, la suprema Virgen de la Soledad en su capilla reivindicaba su belleza, últimamente más subrayada que nunca, y presidiendo un altar de planteamiento muy inteligente distribuido en altura y profundidad. Abajo y en primer plano, el grupo del Santo Traslado; al fondo y arriba, también visible su hondo perfil desde la nave de la Epístola, la verdadera memoria de la Trinidad.

El Martes Santo acabó en una larga y lenta cola que tuvo su recompensa. A modo de agricultores, estuvimos echando en un inmenso saco de cariños los frutos de la caída de la tarde que nos acontecía en directo para presentarle la noche, ya fraguada, a la simpar Virgen de la Estrella. Los hermanos, bajo la presidencia muda y congelante de Jesús de la Humillación, apuraban los últimos minutos posibles del Martes Santo que permite la ley. Y el que escribe, con la noche completada por la Estrella prendida, se marchó a casa sabiendo que, arriba, los planetas siguen su curso.

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