El 19 de octubre de 1971, un Volkswagen Karmann Ghia de color rojo se accidentaba contra un camión en la Autopista Regional del Centro, que une las ciudades de Caracas, Maracay y Valencia. El conductor moría en el acto; la noche reinaba y Venezuela y el mundo del toro se cubrían de luto: acababa de perder la vida el diestro César Girón. Días más tarde en la parroquia de San Pedro, un capote de paseo y una saya bordada eran testigos de la misa de réquiem que la Archicofradía ofreció en memoria del torero. Era la forma de despedir a una persona que nunca ocultó la devoción por los titulares, fundamentalmente hacia la Virgen de los Dolores, y que no dudó en plasmarlo no sólo con incesantes palabras de afecto registradas en la correspondencia mantenida con la institución, sino también en la donación de las citadas piezas de su ajuar de torero, que pasaron a formar parte del ropero de la Señora. Madrid, concretamente el domicilio del apoderado de Girón, Fernando Gago, fue el escenario de la entrega del chispeante al que fuera secretario de la Archicofradía, José Mena, con algunos toreros y periodistas como testigos. Éste último lo mostró a la Málaga cofrade días después, en la sede la Agrupación de Cofradías anunciando también el propósito del venezolano de ofrecer a la Señora de los Dolores el capote de Paseo que luciría en la última corrida de la feria malagueña.

Documento de donación del ‘traje de torear’ de César Girón a la Virgen de los Dolores. (@expiracionmlg)

 

Como ha sucedido en otras ocasiones a lo largo de la historia del patrimonio cofrade, en el proceso de ejecución hubo algún ‘mal entendido’, en este caso fácilmente solucionado entre la cofradía y el taller. Tal fue así que casi podría entrar en la categoría de anécdota. Resultó que los ‘Sobrinos de José Caro’, cuyos bastidores se encontraban en la hispalense calle de Conde de Barajas, eran los encargados de realizar el vestido de la Virgen y por tanto la comunicación con la archicofradía se entendía permanente. En una carta fechada el 6 de noviembre de 1956 los artesanos se dirigían a Don Enrique Navarro «para rogarle me diga lo que hayan acordado, para poder empezar, pues el tiempo pasa». Días después, el 28 del mismo mes y en vista de que la respuesta no llegaba, desde el taller seguían insistiendo debido a que se habían visto obligados a modificar el diseño para poder acoplar bien los bordados del traje de torear. Ya el 11 de diciembre, Navarro escribe a Don Manuel Elena Caro para informarle de que la respuesta estaba a la espera de la asamblea de hermanos, que había sido positiva por lo que aceptaba, tanto el nuevo diseño como el importe de los nuevos trabajos y el tejido necesario (7.000 pesetas), eso sí: «la fecha en la que debe estar terminado, al objeto de que figure en la Exposición, un mes antes de Semana Santa, 1º de marzo» [sic]. Ni que decir tiene que aquel proyecto para darle vida a la saya blanca, utilizada en varias ocasiones con posterioridad, llegó a buen puerto.

‘Mano quemá’, como se le conocía a Girón en su infancia tras las lesiones sufridas al rescatar a su familia de un fuego en su casa, nunca escatimó en muestras de cariño hacia la cofradía y mantuvo siempre la ilusión de poder formar parte en salida procesional, algo que tenía previsto hacer en el año 1958 pero que no pudo ser a causa de una enfermedad. Más de medio siglo después, su devoción y entrega siguen enredados en esos bordados para la Señora.

 

*Artículo publicado originalmente en el boletín de Cuaresma de 2019 de la Archicofradía de la Expiración de Málaga