Las páginas del #itinerarioElCabildo hoy ya pasarían la grapita, con el vértigo que siempre genera esto. Aunque, por un lado, quizá podamos desear que llegue rápido la Pascua y todo pase; esa sensación de que la Semana Santa se consume y no queremos, siempre está ahí, más allá de las procesiones. Tras tres días frenéticos, más las jornadas de vísperas, al Miércoles Santo llega uno cada año con señales manifiestas de agotamiento y, seguro, dolorido de pies, riñones, hombro y/o de todo un poco. En mi corta memoria histórica, esta siempre fue una jornada para salir un poquito más tarde de lo habitual y poder dar así algo de reposo al cuerpo. Desde luego, así era cuanto menos hasta la llegada de los cofrades Salesianos (en 1996 pasan por primera vez por el Recorrido oficial). No obstante, el día en su conjunto seguiría arrancando tardísimo, aunque tuviésemos una cofradía (ahora dos) en la calle. Esta realidad marca de forma decisiva nuestro Miércoles Santo de ayer y hoy. Inicialmente por ello, muchos años he realizado escapadas a otras ciudades a media mañana, para empezar así la jornada fuera, ver procesiones de otros sitios y volver a casa cuando todas las cofradías ya están en la calle. Sumar vivencias cofrades de distintos lugares es un ejercicio más que enriquecedor.

Salvo la reciente (feliz) llegada de la Mediadora, el Miércoles Santo lo recuerdo inmutable al paso de los años. Qué contraste con los días vividos hasta ahora, ¿no?. Y para contrastes, aquellos encierros disparatados de Fusionadas. Mi memoria no alcanza a los años de los tinglaos, pero fui testigo de los macroencierros, como en su momento anunció Diario Sur a bombo y platillo, realizados, primero en aquella explanada que actualmente conocemos como Plaza Camas y, posteriormente, en Félix Sáenz. Básicamente se reunían los cuatro tronos, nazarenos descapirotados por todos sitios y los plumeros rojos, a cargo del tema musical. Aquella propuesta se cayó por su propio peso y la Hermandad regresó a lo que siempre había realizado desde que se abrieron las puerta de San Juan, las distintas secciones entrando conforme llegaban al templo. Sin dudas, un nombre propio marca la evolución de Fusionadas en la historia reciente: Eduardo Rosell. Durante su mandato, se acometen distintos trabajos de saneamiento y restauración sobre la mayoría de imágenes titulares, destacadas mejoras patrimoniales merced a la singular organización interna por mayordomías y todo ello se plasma en la calle con lo que parecía imposible, una procesión compacta desde la Cruz Guía hasta el trono de la Virgen del Mayor Dolor. Hasta entonces, el concepto «fusionado» estaba sólo en el nombre de la Cofradía, en la calle más bien eran cuatro procesiones independientes, dado los habituales visibles cortes entre las distintas secciones.

Bajo los varales del trono de la Paloma conocí en primera persona la leyenda de las listas de espera de los tronos grandes

Pese al inmovilismo de la jornada, a nivel patrimonial el Miércoles Santo quizá sí sea el día con mayor renovación. A las aportaciones de Fusionadas cabe añadir la renovación, bien sustitución o restauración integral, de los tronos de las hermandades de Jesús El Rico y la Sangre, así como el de la Virgen de la Paloma. La última gran aportación, la reciente restauración de la Virgen de Consolación y Lágrimas, aún por contemplar en la calle. Para el recuerdo, aquel Miércoles Santo de 2004 en el que se vivió una estampa de otro tiempo, propia de los años de posguerra: la Virgen del Amor fue procesionada en un trono de flores por encontrarse el suyo en restauración. En total, cinco conjuntos procesionales, bien sustituidos o restaurados, como los de la Cofradía del Rico, que eran auténticamente leña. Sueños todos hechos realidad.

Bajo los varales del antiguo trono de la Virgen de la Paloma pasé cinco Miércoles Santo de mi adolescencia. Ahora diría que corren buenos tiempos, pero nunca ha sido un trono que regrese bien; entonces lo habitual era que arrastrase patas mucho antes de entrar en el Recorrido oficial. Un año, el equipo de capataces quiso cambiar aquella realidad: la solución fue acortar las patas de la mesa. Ciertamente, resultaba casi imposible arrastrar patas, pues para ello prácticamente había que ponerse de rodillas. Por supuesto, fue mucho peor el remedio que la enfermedad, pues aunque aquel año no se arrastró pata hasta pasado el Recorrido oficial, la matanza humana fue tremenda y el resultado artístico dejó bastante que desear. En esos varales conocí en primera persona la leyenda de las listas de espera de los tronos grandes: lejos del discurso oficial, aquel año nos vimos con hasta veinte puestos sin cubrir en el manto. Obviamente, las patas traseras fueron arrastrando gran parte del camino. Desde entonces, mejor desconfiar de las listas de espera y si alguien tiene interés en salir con alguna hermandad, no debe dudar en acercarse a preguntar, seguro que hay un sitio esperándole. Ayer y hoy, esta es una realidad que no cambia.