Padre: he pecado. Perdóneme. Yo soy de los que va a Sevilla en Semana Santa. Y a Granada, Córdoba, Huelva, Cádiz… Además, lo hago con frecuencia y sin propósito de enmienda. Lo tengo tan normalizado en mi ritual que este año, si se hubieran abierto las fronteras provinciales, por supuesto que habría vuelto a pisar algunos templos de estas ciudades y de otras más que son y siento tan mías como Málaga.

Ejercer de andaluz es eso. Plantarse en la Semana Santa de Huelva sin disfrazarse de turista y mirar a la Esperanza de San Francisco con los ojos de la emoción, que es el mejor y más benigno contagio que existe. Ser uno más en la solana de San Nicolás esperando la llegada del sevillano Cristo de la Salud de San Bernardo. Henchirse de orgullo al ver pasar una maravilla de Pablo de Rojas, Jesús de la Paciencia, de regreso por la calle San Matías en Granada.

Seguro que a ti también te ha pasado: ocurre que quienes en Málaga te ven y al momento hacen un esfuerzo por cambiar de acera, son los mismos que luego te acaban saludando -como si vieran a la Guardia Civil tras un pinchazo- cuando el cruce se produce en el extranjero. Pero resulta que es su extranjero, y no el mío. Ni Marqués de la Mina me es extraña, ni la plaza Niña, ni la calle Pavaneras, ni ningún otro rincón de mi tierra.

Cuando te ven en Málaga, hacen por cambiar de acera; cuando el cruce se produce en el extranjero, te saludan como si viesen a la Guardia Civil tras un pinchazo

Y es que la mejor forma de absorber una ciudad y cuanto pasa por ella, incluida su Semana Santa, es pasando de forma invisible por su paisaje. Que nadie te reconozca forastero; una cualidad que en donde primero se capta es en esa mirada comparativa, cuando no arrogante, cuando no histriónica, con la que tenemos el maldito vicio de juzgar sin observar primero.

Una de las más recomendables maneras de adquirir esa mirada es callando mucho, oyendo más y observando todo: cómo se comportan los ciudadanos ante sus ritos, cómo responden y qué les mueve. Y así, sólo así, se pueden adquirir unos mínimos elementos de juicio para luego, si son compartidos, unirse a ellos desde el más absoluto de los camuflajes o, si no convencen, retirarse por la puerta de atrás sin reflexiones prepotentes de por medio.

Desconfío de quienes aterrizan en pueblos y ciudades ajenas como un César que viene a civilizar a los bárbaros. Como un evangelizador de poca monta que se cree que va a sacar a los habitantes de turno de su supina ignorancia. Y ocurre en las cofradías y en la Semana Santa, como pequeño mundo de bolsillo que es del mundo todo.

El Miércoles Santo tocó escapada a Antequera y Archidona: dos sensacionales ciudades, dos admirables versos libres aderezados por una imaginería que en buena parte da relumbrón a todo el resto del patrimonio y la tradición forjada en torno a sus celebraciones de Semana Santa.

Antequera ha sido la revelación de la provincia. Ninguna, ni la capital, ha volado tan alto a nivel colectivo como la Ciudad del Torcal. Entidades públicas, cofradías y asociaciones se han volcado para hacer posible In Aeternum: un compendio de propuestas expositivas tan simples como exponer piezas destacadas del patrimonio cofrade antequerano. Simple, sí, pero claro: enormemente atractivo, pues la selección de elementos verdaderamente quitaba el hipo. Valga como ejemplo la selección de platería que se podía visitar en el Museo de la Ciudad o el delirio de bordados tachonando hábitos de hermanacos, túnicas de Cristos o mantos de Dolorosas, en Santa Clara.

El trono de Virgen antequerano. En primer plano, la Paz. Al fondo, la Soledad. (A. C.)

El leitmotiv era mostrar el orgullo de una identidad propia, traducida en la peculiar forma que presentan sus cortejos, las excéntricas insignias y, por encima de todo, el trono de Virgen: un modelo sensacional, único y tan desarrollado que permite tales variantes que hacen que ninguno sea igual. Conjuntos procesionales como el de la Virgen de la Paz o el de la Virgen de los Dolores son una verdadera maravilla artística y, lo que es más difícil, conceptual.

Además, a ello se han unido la práctica totalidad de hermandades, que han ampliado sus horarios de apertura mostrando sus titulares al culto. Este Miércoles Santo había especial ambiente en San Sebastián, de donde sale en circunstancias normales el tiernísimo Señor del Mayor Dolor, encarnando esa iconografía tan centroandaluza de Jesús recogiendo su túnica, y que tiene en esta imagen de Andrés de Carvajal su más célebre simulacro.

Frontal del trono de la Virgen de los Dolores, con relieves y talla ornamental de Josep Tello (1970-74). (A. C.)

La jornada finalizó en Archidona. Aunque tiene cinco veces menos población que Antequera, esta noble ciudad es muy importante, por ejemplo, para el andalucismo. Aquí fue donde Blas Infante oyó por primera vez, en el órgano del centro educativo de los Padres Escolapios, los acordes del Santo Dios que luego sería nuestro himno.

La tarde iba cayendo con la visita a una sucesión de imágenes de hondo sabor, como el Nazareno, el Dulce Nombre de Jesús o el Señor de la Humildad. También en las visitas al patrimonio de las hermandades, en donde celebré el reencuentro con el maravilloso trabajo que Josep Tello volcó en los años setenta sobre las andas de la Virgen de los Dolores de esta última hermandad. Una oportunísima relectura, fresca y técnicamente impecable, de los recursos ornamentales y la representación de la iconografía en los tronos procesionales. Tan provechoso y profundo fue traerlo a mi, que la escena de la Piedad que preside el trono, me zarandeó y recordó que es Jueves Santo y la mesa está servida y el aguamanil con su toalla.