En este blog, la tauromaquia y la religiosidad popular  tienen un lugar de encuentro habitual. En este Viernes Santo recuperamos el fragmento de un texto que es ejemplo de esto: el pregón oficial de la Semana Santa de Córdoba del año 2015. El diestro Juan Serrano Pineda, más conocido como ‘Finito de Córdoba’ y que en 2021 cumplirá 30 años de alternativa, era el encargado de exaltar la semana mayor de la ciudad califal y lo hacía uniendo su vida religiosa, estrechamente ligada a la Virgen de los Dolores  y a Jesús Caído, y a su vida profesional, eternamente ligada al albero de las plazas de toros:

“ ‘Rompo plaza’, Señora. Cruzo este albero imaginario caminando hasta ese destino que me tienes reservado. Lo hago cargado de responsabilidad, de miedos, de incertidumbre. Pero también de confianza ciega en tu pre­sencia en mis cosas, en mi día a día, en todo lo que busco y me inquieta, en las alegrías y en las penas. En todo aquello a lo que, con la gracia de tu pro­tección, se dirige mi vida. No estoy solo en esta faena, Señora, como nunca lo estuve en ninguna teniéndote a ti.

Por mi parte y ante ustedes, espero pisar los terrenos adecuados y cono­cer las precisas querencias cofrades para saber transmitir mis sentimientos y mis vivencias. Inicio esta “lidia” con la certeza de que no me son extra­ños muchos de los detalles de este ritual. ¿Acaso, y salvando las distancias, nuestra Tauromaquia no guarda semejanza con la Semana Santa? ¿Acaso la celebración taurina no tiene una profunda raíz religiosa, vinculada a mu­chos acontecimientos de nuestra fe católica?

Se quiera o no, ese es uno de los aspectos que nos une irremediablemente a todos los españoles. También en los toros, en su significación más huma­na, está la muerte rondando, convirtiéndose cada instante de la corrida en un instante de intensa vida donde la tragedia puede aparecer en cualquier momento. Tanto es así, que no hay plaza de toros donde no haya una capi­lla, por muy pequeña que sea, en la que encomendarse a Dios antes que a la suerte.

Sagradamente, en la Semana Mayor conmemoramos la Pasión y Muerte de quien, siendo Dios, ofreció su vida por todos y cada uno de nosotros y por eso proclamamos el triunfo de su feliz Resurrección. Momentos todos y, como ya he dicho, salvando las distancias, que están presentes en la liturgia del toreo y que he podido vivir intensamente a lo largo de mi trayectoria.

Hace apenas unas horas, estrenábamos una nueva primavera. Tiempo de espera que para los cofrades comienza a tocar a su fin. Jornadas cada vez más intensas en las que crece nuestra sensibilidad para percibir imáge­nes, sonidos y aromas que nos transportan a otros tiempos pero que, sobre todo, nos recuerdan que estamos aquí, en este presente que nuevamente nos regala la vida: Cristo y María, con el escenario incomparable de una Córdoba que, como no podía ser de otra manera, viste y luce preciosa para la ocasión.

La Señora de Córdoba: la Virgen de los Dolores. (@hdaddolorescord)

Así es como nos acercamos, con el alma agitada e impaciente, a la cele­bración conmemorativa de los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrec­ción de Jesús y del infinito dolor de su Madre al pie de la Cruz.

Dolor que se consuela en parte, antes del comienzo de la Semana Mayor, en el Viernes de Dolores, día de tu onomástica, Señora, en el que las colas interminables que “barbean” los muros del Hospital de San Jacinto, cuando la ciudad entera y gente venida de fuera acude a tu capilla para postrarse y rezar ante tu bendita imagen. Tú, Señora de Córdoba, recibes esa procesión de fieles ante tu altar, así como los incontables rezos, plegarias y oraciones sentidas que se elevan hacia ti, con un silencio inexplicable.

Para mí son imágenes familiares. Las relaciono siempre con esos momen­tos previos a la corrida, cuando la habitación queda en soledad, el mozo de espadas anda de aquí para allá ultimando detalles y alejando los malos augurios y sólo queda el silencio y la fe. Un silencio apenas roto por el roce de un alamar. Es la misma liturgia de recogimiento que me aguarda cada tarde cuando, ya vestido, antes de irme a la plaza, rezo con sinceridad y devoción delante de mi Virgen de los Dolores y Jesús Caído y así me acerco de verdad a Ellos.  

¡Impensable Córdoba sin su Viernes de Dolores, impensable Córdoba sin su Señora del Dolor!”

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