Cuánto detrás de la cita «cofrade de cuna». Aunque por delante, para ser y sentirse de una cofradía no es necesario pertenecer a ninguna estirpe. Hasta ahora no había reparado la dimensión real de esto, que tanto se dice. Más allá del valor antropológico de esta herencia familiar, supone que junto a esa cuna, había un cofrade (padre y/o madre) dejando de ver cofradías en Semana Santa. Inevitablemente, durante más años de los que le gustaría. Espero que menos de lo imaginado. Y es justo lo último a lo que renunciaría cualquiera de nosotros. ¿Acaso alguno tiene espinas más dolorosas esta pandemia (pérdidas personales aparte)?  

Mi primer recuerdo con cierta nitidez de Semana Santa fue un Jueves Santo que no pudimos salir a ver procesiones porque mi hermano tenía fiebre. Pero antes de ir a dormir, mi padre me llevó a ver de salir la Esperanza. Incluso entramos al salón de tronos, por la puerta de la calle Cerezuela, una estampa que se dibuja en mi cabeza un año tras otro cuando repito aquellos pasos. Y ahora reparo en todas las procesiones que dejó de ver mi padre. Comparto para que cada uno valore en su justa medida si se le ocurre decir alguna vez eso de «cofrade de cuna».

Es Viernes Santo, luce el sol de mediodía y escribo estas líneas (desde el teléfono) camino de casa, tras subir al Monte Calvario, precisamente, el otro gran recuerdo nítido de mi niñez en Semana Santa. Todo sigue tal y como vivía en mi cabeza, qué feliz reencuentro, en cada piedra de cada estación. Entonces, el paseo concluía con la visita al tinglao del Amor, provisto de una caña de azúcar y un limón cascaruo. Qué entrañable ha sido recordar todo esto ante el propio Cristo del Amor, en esa caja negra en la que se nos presenta estos días y que nos traslada a otra dimensión. Alfa y Omega, Principio y Fin. Ahora también hilo: todo esto requiere no acostarse al alba por sistema, pues en algún momento toca descansar. La de procesiones que dejó de ver mi padre a costa de crear momentos juntos.

Volando por mi colección de recuerdos, soy capaz de ver todos los tinglaos de las cofradías del Jueves y Viernes Santo. También el toldillo con el que el Chiquito ampliaba su primitivo salón de tronos donde no cabían los varales. Entonces alfombraban de romero la calle Ancha en su regreso y había fuegos artificiales en el encierro. La casa hermandad del Descendimiento fue la última que faltaba por llegar para estas jornadas y llegó. Cómo hemos cambiado en tan poco tiempo.

Algunos itinerarios reflejaban entonces una procesión que no pasaba por el Recorrido oficial. El logro era conseguir algunos de esos, que eran los buenos. Guardo muy gratos recuerdos de aquella minoritaria cita con la Vera+Cruz, que salía de San Juan cuando se recogía la Esperanza. El sonido del muñidor anunciando que Cristo ha muerto y los camiones de Limasa dando vueltas por los callejones adyacentes como moscardones. Cómo de minoritaria sería que había cofrades que preferían no dejarse ver por la salida para evitar ser reclutados a última hora. «Esta es la procesión que lo inició todo, la primera que hubo en nuestra Semana Santa», me recuerda siempre mi amigo Hugo Bassiner. Aquel Jueves Santo cambia con la llegada de la Santa Cruz y la Sagrada Cena, más allá de la importancia que tuvo la evolución natural de las distintas cofradías, por abrir sobre el mapa una jornada necesitada de expandirse para diversificar las masas por distintos puntos de la ciudad. Queda lejos incluso el camión del romero y mucho más tras dos años sin procesiones.

El Viernes Santo ofrece estampas inalterables al paso del tiempo de la mano de Servitas y gracias a ese aura de silencio que se hace en esta ciudad tan ruidosa al paso del Santo Sepulcro. Un día como hoy aprendí el sentido del anonimato de la túnica nazarena. Qué necesario hacer pedagogía, antes y ahora. Los descapirotados hoy son una anécdota si miramos atrás. Aquel año bajaba por la Trinidad camino de San Juan para ver de salir los Dolores y veo de salir un nazareno de rouán de un portal con el capirote puesto. Aquel trayecto detrás suya fue toda una catequesis. Ya empieza a quedar lejos pero sería imposible de olvidar. Tome nota cualquiera que vista la túnica nazarena, lo necesario que es su comportamiento ejemplar para dar testimonio sin palabras. Un buen nazareno siempre nos invita a soñar. Queda un día menos para volver a verlos en las calles.