La de tu barrio. La de tus padres. La que te gusta. La que te llama. La que te interesa. La que te ofrece. La que te acoge. La de tu parroquia. La de tu amigo. La de tu pareja. La de tu trabajo. Pero elige una hermandad.

Sólo así se puede vivir un día como el que este Viernes Santo he experimentado, ahora que lo agolpo con la medalla de la Archicofradía de la Virgen de los Dolores ya de nuevo en su cabecero.

Hoy te lo digo. Y, sí, es una amenaza: no le des más vueltas y rellena la solicitud de hermano de esa cofradía que al pasar ante ellos, sus titulares te han zarandeado por dentro. No pierdas un precioso tiempo barnizando de indecisión lo que tu corazón decidió hace rato. Y que no te engañen las redes sociales de las hermandades: ellas te necesitan. Necesitan hermanos. No tanto concejales ni cargos, ni representantes de otras cofradías, que van desfilando por los timelines de todas las cofradías. Eso es porque a lo mejor todavía no lo saben; pero necesitan nada más y nada menos que hermanos de base.

Las cofradías necesitan hermanos. No tanto concejales ni cargos, ni representantes de otras cofradías, que van desfilando por los timelines de todas ellas

Pero, claro, también las hermandades tienen que ofrecer a sus hermanos algo. Sentado en los bancos de San Juan, a esa hora de la tarde en la que el ventanal del coro filtra los rayos que dan brillo al ruán y que besa las costillas del Crucificado de la Redención, sólo eché de menos los tronos. Allí estaban mis hermanos -los que cupieron-, a los pies de un Calvario donde depositar nuestro silencio.

«Un Calvario donde depositar nuestro silencio» (A. C.)

Y entonces, el Vía Crucis.

«La muerte de Cristo no fue una fatalidad. Fue una realidad plenamente asumida, ofrecida gratuitamente, como suprema forma de amor y servicio.»

«Vamos a comprometernos ante la realidad salvadora de la Cruz a construir otro mundo como alternativa: un mundo de libertad y de liberados, de ternura, de diálogo, de amistad…»

«De este Cristo caído podemos fiarnos plenamente. No es trampa ni cartón. No es utopía ni lejanía. No es poder, ni engaño ni propaganda. Es real.»

«María la sierva, no por servilismo, sino por amor; porque creyó, como Jesús, en la grandeza de la persona, del hombre y de la mujer.»

«…colaborar, juntar nuestros hombros con el que sufre, con el que no puede, con el que va cargado, con el que cae, con el que lo necesita…»

«¿Quién es mi prójimo? En cristiano no es prójimo el que está próximo. No.»

«Pasión de las madres que son condenadas por atreverse a eso, a ser madres solas ante el rechazo de quienes no se atreven o no quieren declararse padres…»

«No se trata de compasión, sino de conversión. No mixtifiquemos la pasión con tintes de compasión, que puede ser hipocresía enmascarada.»

«Cristo, ayuda a todos los que son perseguidos, insultados y calumniados por tu causa: la causa de los pobres, de los débiles, de los limpios, de los pacíficos….»

«… la única manera de hacer comunidad cristiana es darse, entregarse, dejarse llevar por el Espíritu que es Amor…»

«El amor de Cristo evidencia que el amor salva: la fraternidad, la justicia, la verdad, el servicio y la vida…»

«A ver si nos convencemos de que la iniciativa del amor no está en nosotros, sino en Él, que nos amó primero.»

«Triunfar, en cristiano, es ponerse de parte de los perdedores, de los fracasados, de los abofeteados y escupidos…»

«Jesús sigue bendiciendo el pan, partiéndolo entre nosotros, dándose a sí mismo y siendo el centro de su comunidad. Por eso la resurrección rompe los límites del intimismo y se afirma como celebración comunitaria…»

Y después, la meditación en torno a los Dolores de la Virgen.

«María estaba de pie. El dolor no la derrotó, como suele hacer con nosotros. Ella se hizo más fuerte ante su dolor, lo venció sin eliminarlo; lo sufrió permaneciendo dueña de sí misma, señora de su dolor.»

De qué manera tan sensacional se leen estas palabras del jesuita Fernando Motas tatuadas en el cuerpo del Cristo de la Redención; prendidas en el pecherín de la Virgen de los Dolores.

La tarde caía, el sol se marchó del coro, la cera vencía y otro Viernes Santo se acurrucaba en algún rincón de la memoria. Veinticinco.

El Cristo de la Redención. (A. C.)

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