• martes, 19 octubre 2021
  • Actualizado: 17/10/2021
5 meses y 22 días para el Domingo de Ramos

El Sábado Santo tenía un encuentro, aunque era de cajón que no iba a tener conversación de por medio. Era una quedada casi a hurtadillas; tanto que miré de lado a lado la calle antes de meterme en el callejón de la cita, con el rubor propio de no saber si ella deseaba en el fondo mi presencia o no.

Ocurre como esas veces cuando alguno de los tuyos pasa por un bache sentimental, personal o de salud, y no sabemos muy bien cómo actuar, y forzamos la cuerda de la empatía al máximo atiborrándonos a preguntas del tipo: ¿si le inicio conversación se molestará? ¿Ayudaré realmente si me ofrezco? ¿Dejo unos días para que se encuentre a sí mismo? ¿Preferirá la soledad?

Porque eso es otra; estar solo es, para según qué personas, una muy buena forma de curarse. Niego la mayor cuando la soledad va lastrada de tintes negativos. Porque falta un apéndice importantísimo: es la soledad no deseada, no buscada, la que es trágica. Pero la soledad consciente, perseguida, ¿por qué habría de ser evitada?

Escucharse a uno mismo es el mejor espejo, la mejor terapia, un indispensable primer plano del alma. Una certera ecografía analógica

Cuando estamos solos, por ejemplo, nos oímos. Escucharse a uno mismo es el mejor espejo, la mejor terapia, un indispensable primer plano del alma. Una certera ecografía analógica. Buenas decisiones se toman cuando, en soledad y con la mente y los sentimientos asentados, como guisos del día anterior, tienen el sabor pleno de la madurez, de la falta de aristas, de la ausencia de víctimas colaterales.

En soledad se han escrito los mejores poemas y pintado los mejores cuadros; en soledad hemos reflexionado sobre los errores cometidos y también construido las mayores ocurrencias para alegrar a los que más queremos. Estar solos, sí, puede dar muchos frutos.

Por no hablar de la soledad como incalculable pago en especie del hecho de salir de nazareno. El cartón ciñe la frente y parece que nos sisea para callar nuestra boca; y de pronto los laterales del tejido caen sobre nuestros oídos, invadiéndonos un ruido parecido al de cuando un día de resaca nos revuelca una ola en la playa movida.

En ese momento, la soledad se ha instalado en ti, acaso violentamente, y sólo cuando pasan unos minutos y escucha la vida desarrollarse al lado, el nazareno comienza a dejar de ser un sometido para erigirse en un aliado de la soledad. Fuera, comentarios entre espectadores, discusiones sobre por dónde va la otra cofradía, preguntas divertidas de los niños, campanarios sonando, ambulancias que llevan otros tipos de nazareno -los verdaderos-, correderas que cierran, generadores de puestecitos de chucherías, miradas clavadas intentando reconocerte…

Por eso, porque una persona en soledad genera dudas en derredor, me costó plantarme de primeras a las puertas del Císter. Pero recordé lo mucho que la necesitaba y me lancé a buscarla, aún a riesgo de importunar.

Allí estaba, blanca cala vestida de negro; cansada del llanto; daga clavada ante un Cristo velado. ¿Nos hemos preguntado en qué fase nos hubiéramos apeado nosotros de este desmesurado e ininteligible plan de Dios? Yo no sé si habría huido cuando entró Gabriel, o me hubiera bajado del burro en Egipto o puesto a gritar barbaridades al cielo después de ver pasar a mi hijo con un madero hacia el Calvario…

La belleza que veo en la Virgen de la Soledad es fruto de la admiración por las mujeres fuertes. (A. C.)

Ahí está, sin embargo, la Virgen de la Soledad, la del Sepulcro; llegando hasta el final porque algo le dice dentro que no lo es. Ni tan siquiera ahora -ropa manchada de tierra, manos con olor a ungüento-, sin tener siquiera a quién mirar. ¿Dónde lo ve, cómo lo sabe?

Rodeé la pequeña abadía con la contradicción de siempre sobre mis espaldas cuando me encuentro ante esta Dolorosa. Y es que me sabe mal, contemplándola tan desconsolada y rota, irme por los cerros de Úbeda deteniéndome en lo tremendamente bella que es.

Pero luego pienso en las caras sufridas de las heroínas de mi vida: con dolores de parto, sufrimientos, malas noticias, quimioterapias y otras pruebas, y concluyo que esa belleza que veo en ellas y en la Virgen de la Soledad es ciertamente fruto de la admiración por las mujeres fuertes.

Al rato, en San Juan, vi como las luces se encendían mientras se cantaba el Gloria. Y pensé mucho en aquella cita de la tarde; hasta el punto de no saber si me alegré más por Ella que por mí.

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