Si alguna vez, como pueblo, los andaluces le tenemos que pedir perdón al Señor por algún motivo, seguramente deba ser por esa fuerza interior y dudosamente evangélica que hace que hasta los cofrades más liturgistas y ortodoxos se levanten de la cama con mucha menos alegría el Domingo de Resurrección que el de Ramos.

Pero lo hacemos con la tranquilidad de que el Buen Pastor nos bien conoce. No es falta de gozo por la Pascua, claro que no, sino más bien al revés. En algún momento de nuestra historia decidimos pintar de colores y amores su Pasión y Muerte; optamos por plantar lirios donde hubiera sangre, claveles donde lágrimas, música donde drama y belleza donde desolación.

Los andaluces convertimos ese período zozobrante y austero que es la Semana Santa en la verdadera Fiesta de la Primavera

Y así nos quedó ese período zozobrante y austero que es la Semana Santa convertido en la verdadera Fiesta de la Primavera, en donde no sabemos ya cómo explicar que se pueden copiar Cristos sangrantes mecidos a los sones de marchas; túnicas de colorines; piropos y saetas a las vírgenes -elevadas a cuasi diosas en tronos y pasos-, que sin el impulso autóctono de quienes lo hacen posible y la aceptación, y hasta demanda, de quienes lo acogen, todo sería una cabalgata fuera de contexto.

Ya lo apuntó Núñez de Herrera: en esta tierra en la que «no hay Cristos procuradores ni Vírgenes curanderas (…) Más que confiar en los Dioses la gente lo que tiene es confianza con ellos». Y eso puede explicar que, llegada la Resurrección, el contraste de la alegría apenas se note. Antes bien, nos invade un viejo y nativo halo de nostalgia, acaso porque falta un año para volver a ver al Cristo de nuestros amores en la misma esquina en donde nos caímos de pequeño o nos robaron el bolso, o la Virgen pasando por donde nos besamos por primera vez o encontramos a un hermano perdido. Los queremos en la calle, rozando los muros que ven nuestras miserias y gozos, para que sean más nuestros.

«En San Julián está nuestro estandarte». (A. C.)

En San Julián está nuestro estandarte, como el que enarboló Moisés. Poco se habla, porque lo tenemos asumido desde que nacemos, del extraordinario acierto simbólico que supuso elevar como titular de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa a Cristo Resucitado. Colores, nazarenos, banderas y guiones unidos en torno a la vida, y nunca la muerte.

Y esa vida está representada por la imagen de José Capuz. Hoy, en San Julián, miraba su excelsa figura con complicidad. Con la complicidad de los años y las vivencias en torno a Él. Como aquel improvisado y casual traslado de hace más de veinte años de la Catedral a San Julián tras el Jubileo; como las dos veces que pude colaborar para hacer sonar música a su medida, o como cualquier noche que echo el ojo a la estampa que ronda mi mesa de noche.

Cada Domingo de Resurrección hay que defender menos su figura. Se cuestiona menos y quien lo hace, actúa con sonrojo

Pero, sobre todo y muy especialmente, miro la imagen del Cristo con decreciente tensión por cada año que pasa. Cada Domingo de Resurrección hay que defender menos su figura. Se cuestiona menos y quien lo hace, actúa con sonrojo. Da igual si la aceptación ha venido en cada uno por convencimiento, por seguidismo, por obligaciones del cargo, por vergüenza o porque es Cristo Resucitado quien al final -paradojas- le paga un sueldo. La cuestión es que es una realidad: lo peor ya ha pasado.

Ahí está, 75 años después, doblemente triunfante -tanto en iconografía como en debate-, el perfecto Resucitado: espíritu, mensaje, clasicismo, transparencia, magia, silueta, porte. Obelisco de libertad creativa para sellar nuestra Semana Santa. Soy poco chauvinista, pero cuando me planto ante el Resucitado sí que pienso muchas veces: «esto fue posible porque es Málaga».