Afortunadamente -esos votos hacemos-, parece que la pesadilla del Covid-19 va a pasar más pronto que tarde a convertirse en una de las muchas enfermedades que pueblan nuestra existencia de dolor, de angustia en las familias a las que le toca y a suponer todo un reto para nuestros investigadores y personal sanitario, en la búsqueda de que, paulatinamente, su efecto genere la menor mella posible en los seres humanos.

Y aunque suene paradójico, ese afortunadamente no merece explicarse en el lector porque todos hemos visto hasta dónde hemos llegado con este virus: la paralización absoluta del mundo valdría como ejemplo, pero hay muchas tragedias por el camino, demasiados tiempos de dudas y zozobra ante lo desconocido y una huella, también psicológica, marcada en la práctica totalidad de la población. Por ello, todo lo que apunte a que el coronavirus se convierta en una enfermedad más -con perdón de la aparente frivolidad-, hay que celebrarlo, visto lo vivido.

Esta paulatina mejoría general es, por encima de todo, gracias a la comunidad científica. La perspectiva del tiempo pondrá en su lugar a una generación que ha obrado el verdadero milagro de lograr unas vacunas fiables para protegernos en tiempo récord. Las vacunas funcionan y sólo hay que ver las cifras enormes de descenso de casos que se van produciendo a medida que éstas se inoculan en la población.

Las restricciones van suavizándose, los públicos vuelven a los espacios culturales, cines y eventos deportivos. Con cuentagotas, sí; pero vuelven. En lo cofrade, esta pasada Semana Santa pudimos volver a los templos a reencontrarnos con nuestros titulares tras una edición de 2020 especialmente dolorosa y frustrante, con todos confinados en casa.

No sólo en el lenguaje religioso, el principal, sino también en el identitario, en el campo de la memoria de un sitio o de una familia, o llanamente en el terreno de lo sensorial, las procesiones son necesarias para Andalucía

Y ahora, tras dos años casi en vacío, toca pensar en la razón de ser las hermandades: la calle. Las cofradías tienen su pulmón de oxígeno, al menos en Andalucía, en el contacto directo con las emociones más heterogéneas del pueblo. No sólo en el lenguaje religioso -el principal-, sino también en el identitario, en el campo de la memoria de un sitio o de una familia o, llanamente, en el terreno de lo sensorial, las procesiones son necesarias para Andalucía.

Las cofradías y los cofrades han hecho los deberes de sobra. Pocos colectivos sociales y del mundo del asociacionismo se han fajado más durante la pandemia. Ejerciendo un activismo puro y duro, las cofradías se han aliado con los desfavorecidos -una actitud ya existente y que era solvente antes de la pandemia, pero ahora multiplicada-, ayudando a que muchas familias se sobrepongan a enormes dificultades. Una actitud que ha asombrado a propios y extraños. Cuando decimos propios, hablamos también dentro de la Iglesia: la cara más oculta durante años de las cofradías ha tornado en un visible Evangelio al servicio de los que peor lo están pasando. Al final, estar en tantos sitios es lo que ha generado esa visibilidad, más que cualquier campaña publicitaria que nunca buscaron las hermandades ni, ahora, les ha hecho falta.

El activismo de las cofradías ayudando a las capas más desfavorecidas de la sociedad ya se ejercía, pero se ha multiplicado y, por ello, evidenciado a la opinión pública

Además, nadie puede olvidar, ni dentro ni fuera, de lo que nos hemos despojado los cofrades. Estamos cojos, pues no nos hallamos si no expresamos nuestro carisma. Las procesiones, el culto externo, son la verdadera bombona de oxígeno y el alimento para que la vivencia cofrade siga naciendo en nuevas personas que llegado el momento, deberán tomar el relevo. Hay que volver a la calle. Y puede que el desconocimiento general -incluso de muchos cofrades- haga que esta exhortación escandalice. No. No hablamos, de momento, de procesiones en hora punta con tronos grandes y bandas afamadas detrás.

Pero el año cofrade goza de una innumerable cantidad de cultos externos de carácter muy íntimo que se desarrollan en horarios tempranos, con las imágenes en pequeñas andas y destinados más a los fieles de la propia hermandad que al público en general. Comprobado: apenas se reúnen más de doscientas personas al aire libre. Objetivamente, ya asistimos a diario a escenas en plena calle que albergan más público. Valga cualquier vía comercial en hora punta, por no hablar del interior de grandes almacenes, por ejemplo.

No podemos, bajo un falso paraguas de igualdad, cerrar la puerta a rosarios de la aurora a las ocho de la mañana sin acompañamiento musical porque aún no sea prudente llevar a cabo una procesión magna

Pero claro, para esto son necesarias dos premisas. La primera, que la Diócesis vuelva a autorizar la celebración de cultos externos, actualmente prohibidos. La segunda, que las propias hermandades se autorregulen; han de ser conscientes de que ni todos los cultos externos son iguales, ni convocan a las mismas personas.

Es preciso que determinadas citas más minoritarias ya comiencen a celebrarse. No podemos, bajo un falso paraguas de igualdad, cerrar la puerta, por ejemplo, a rosarios de la aurora a las ocho de la mañana sin acompañamiento musical porque resulta que aún no es prudente que se lleve a cabo una procesión magna, o porque entrañe cierto riesgo una salida de cualquier imagen por el siempre abarrotado centro histórico en una tarde del fin de semana. Ese «o todas, o ninguna» nos puede acabar lastrando.

Sólo volviendo gradualmente a la calle, además, se podrán experimentar medidas y resortes para aprender como colectivo a tomar las debidas precauciones. También esto va de aprendizajes. La primera en la calle no debe producirse en prime time, a modo de gran cita convocada a los cuatro vientos; es preferible que los amaneceres comiencen a recibir las imágenes de la Virgen que siempre salieron por la mañana con las calles semivacías, y que normalicemos el regreso a las calles sin convertirlo en un show mediático. Que la normalidad no vuelva con la misma brusquedad con la que se fue.