• domingo, 28 noviembre 2021
  • Actualizado: 28/11/2021
4 meses y 13 días para el Domingo de Ramos

Ya quedó claro la pasada Semana Santa que cuando ejerzo de andaluz, lo hago con todas las consecuencias. Por eso, el gran paso adelante que se ha dado en Jerez de la Frontera este pasado 16 de julio celebrando la procesión de su excelsa Virgen del Carmen no es que lo celebrase como mío, sino que lo hago mío. Como cofrade, como andaluz y, además, como devoto de la Reina del Carmelo, a qué negarlo.

Jerez y su Diócesis llevan otra velocidad en Andalucía en cuanto a la recuperación del culto público. Antes de la procesión del Carmen, imágenes como la Virgen de la Candelaria, los titulares de la Clemencia o los de la Yedra, entre otras, ya habían pisado las calles.

Eran traslados o rosarios que la Diócesis de Asidonia-Jerez ha venido permitiendo con la lógica de que la vuelta a la normalidad post-COVID debiera ser gradual. Ya lo insinuamos en nuestro editorial elcabildo.org y aquí cabe girar más la tuerca: ni es prudente ni seguramente funcione pasar de cero a Magna.

La vuelta a la normalidad procesional debiera ser gradual y seguramente no funcione pasar de cero a Magna

Hemos perdido un tiempo precioso para caminar con el resto de la sociedad. De la misma forma que abrían negocios, aumentaban los aforos y se iban permitiendo manifestaciones y conciertos -con las debidas precauciones-, igual deberían haberse permitido también las procesiones, según cuáles y qué formatos, y con tantos paños calientes como hubiesen hecho falta según las circunstancias, faltaría más.

Es difícil concebir que quienes hablan de migajas, de mejor nada si no es todo, de pérdida de las esencias o de limosna cuando se sugieren formatos más íntimos, limitados o alterados, pero procesiones al cabo, se hayan detenido a valorar con el debido sosiego qué es lo primero en una manifestación externa. ¡Es que no es palabra de pregones ni frase hecha! Que los titulares salgan es lo básico; y cuando hay que reducir, hay que quedarse con lo que es básico. Por tanto, si tiene que ser sin música, hágase; y si tiene que ser a ruedas o en una tabla portada por cuatro hermanos, así sea; y si tiene que salir al alba, al alba que salga. Porque aunque los espectadores sean fundamentales, los imprescindibles son los hermanos, los primeros llamados a participar de la vivencia religiosa que les ofrecen sus hermandades.

Estamos a tiempo de formar a los cofrades sobre qué es una procesión. Por qué y para qué salimos y qué nos mueve. Y no es -no puede ser- la condición la banda, el varal o costal, el tocado o la bulla; por mucho que todo sea fundamental para definirnos, que así es. Pero cuando estamos desnudos, no tiene sentido exigir -ni tampoco necesitamos- un traje.

¿Qué es lo básico? Cuando estamos desnudos no tiene sentido exigir un traje

El 16 de julio salió la Virgen del Carmen en Jerez. Sobre ruedas, con una banda de rezos y aplausos continuos y a mayor ritmo del que acostumbra. Pero se pudo experimentar qué es una procesión y qué nos regalaba, que casi olvidamos. Recuperamos una de las luces huérfanas. ¿Nos parece poco esperar charlando con amigos mientras sale el cortejo? ¿No es suficiente con que la puerta del templo exhale los humos del incienso hacia el exterior? ¿Es que no nos vale oír la pértiga golpeando, el silencio nervioso antes de aparecer la Virgen y el brillo del sol besando las policromías de nuestro rostro amado?

¿Alguien recuerda estas sensaciones atrofiadas y cuánto nos reafirmaba y nos ayudaba a encontrarnos como cofrades, como hermandades? Combatamos esa amnesia para hallar dentro de nosotros la necesidad y poder razonarla ante quien tiene que oírnos. Que igual no estamos para un todo, pero sí para algo. Ese algo que, al final, resulta que lo es todo.