• miércoles, 22 septiembre 2021
  • Actualizado: 18/09/2021
6 meses y 19 días para el Domingo de Ramos

Hoy, 22 de agosto, la Solemnidad de la Asunción culmina su Octava -como advertimos, la ola de Lucifer no era más que un espejismo pasajero de verano-, y la redondea en la fiesta de la Realeza de María. Ahora bien: si existe un icono por antonomasia de esta fiesta (al menos, al hispánico modo), es innegable que se trata del óleo que Velázquez pintara para la reina Isabel de Borbón, destinado a su oratorio en el Alcázar de Madrid. Uno, en lo inevitable -acaso- de los desvaríos de su imaginación, siempre, ante este cuadro irrenunciable, no ha experimentado jamás nada parecido a la apoteosis de una heroína, al menos al modo cotidiano de nuestras entendederas, sino que, por el contrario, no ha podido evitar sentirse turbado. ¿Soy el único que experimenta, ante la mirada velazqueña de María, un desdén abiertamente agrio hacia cualquier atisbo, a su vez, de euforias? ¿Soy el único al que altera su seriedad, su mirada admonitoria hacia la tierra? Por lo demás, los primores de la joyería están ausentes de la escena: flores y verdura penden de las manos del Padre y del Hijo que, por añadidura, se nos presentan eternamente detenidos en el instante de nunca terminar de posar esa corona vegetal en las sienes, por tanto, desnudas de la Reina.

Pienso, entonces, en otros dogmas. En el de la Maternidad, en lo propio de las madres: renunciar a los propios dones en favor de los hijos. Y si la Maternidad de María es universal, va de suyo que el don de la Realeza, en el cuadro velazqueño, sea declinado, por medio de esa mirada descendente, hacia los hijos terrestres, enfatizando la responsabilidad y privilegio del bautismo que bien deberíamos conocer, pero que resultan dones respecto a los cuales nuestra memoria suele reincidir en olvidadiza: a lo largo de la vida, somos simplemente tres cosas: sacerdotes, profetas y reyes, todos y todas los pasados por las aguas, todos y todas los hijos. Todos, pues, coronados. Todos, pues, responsables. Todos, pues, empoderados, con mando en plaza, con capacidad de intervención, de mejora, de transformación, en este mundo que a cada grito y por cada esquina no para de pedir ayuda en cada mano, en cada labio, en cada pintada que nos lanza su SOS en botellitas de graffiti.

A lo largo de la vida, somos simplemente tres cosas: sacerdotes, profetas y reyes

Tras las mascarillas, decimos que vivimos atrapados. Tras las puertas de los templos, decimos que nos obligan a quedarnos ahí, renunciando quizá para siempre a volver a la vida en una semana, a la vida según la calle, a -quizá- la vida, en definitiva. Yo, sin embargo, miro el cuadro de Velázquez hoy, en el día de la Realeza. Hoy, repaso el catecismo, acerca de lo que se nos configura en la pila bautismal, y recuerdo aquella frase de presidente yanki: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti: pregúntate qué puedes hacer tú por tu país”, ergo por tu cofradía, por tu barrio, por tu ciudad… O por volver a la calle con nuestras procesiones, por qué no.

Decimos que imitamos a María, o, por lo menos, que en eso andamos. Nos deshacemos en sus elogios. Hoy, en el día de su Realeza, estará bien repetir, paladear y vibrar con sus letanías, pero humildemente propongo que lo hagamos en especial con una de ellas, Virgo potens, y de la mano recordemos ese cuadro que nos interpela irreversiblemente acerca de la Realeza de Nuestra Señora, ése en que María, muy seria, renuncia a los oropeles mirando a la tierra, como preguntándonos a cada uno qué pensamos hacer con la corona a la que ella renuncia en nuestro favor para que, a poquito a poco, cambiemos el mundo: para que, a poquito a poco, el cofrade no renuncie a sus sueños, en estos días turbios que, sin embargo, nos han traído de nuevo a la Realeza.