• miércoles, 22 septiembre 2021
  • Actualizado: 18/09/2021
6 meses y 19 días para el Domingo de Ramos

Los González Barba eran patateros, literalmente, y a mucha honra: regentaban un almacén de patatas, y la riqueza que les proporcionó aquel bien de primera necesidad para la lenta postración de la Málaga de post-guerra no resultó fácil de perdonar para la inveterada aristocracia y alta burguesía de la Congregación de Mena (nosotros sí, nosotros podemos y debemos perdonar, pues todo ha pasado, pues aquella cruz pasó y, sobre todo, porque nos marca la cruz). Allí, en aquel almacén en torno a la calle Olózaga, quizá los pequeños González Ramos-vástagos de los González Barba- comenzaron a alzar sus sueños alzando los toldos del tinglao de la Paloma, o los compartieron dominicos -qué osado soy, en esto de los anacronismos de la imaginación- con ciertos esperancismos que también pululaban en torno al Mercado al calor de las abuelas.

¿En qué rostro vio por primera vez el pequeño José González Ramos el de la Soledad de Ávalos? Si uno mira las fotografías antiguas de la antigua Paloma, sorprende, emociona y conmociona el dolor profundo, solo y quieto de la mirada, ajeno a la insistencia de los aleteos de las aves que persisten en
quedarse posadas en su mano.

Hoy, tan cerca de calle Olózaga, en las Hermanas de la Cruz, se custodia en un convento que es un verdadero útero dicembrino de expectante serenidad a la Soledad de Ávalos, ésa en la que José González Ramos no pudo equivocarse si su sueño nació allí, entre las patatas del hambre y de las viudas, tan cerca del tinglao de la Paloma, tan cerca del Mercado y del edificio Creixell junto al que estuvo a punto de arder el Cautivo mientras -ay, lo que es el sino- los Gitanos tuvieron que quedarse de plantón (las llamas se veían desde Carretería: el cielo de Málaga era rojo).

… Aquel patatero de Ávalos no pudo equivocarse si su sueño vino del hambre y, al final, todo está bien, todo está bien si vamos a las Hermanas de la Cruz y la vemos

No, aquel patatero de Ávalos no pudo equivocarse si su sueño vino del hambre y, al final, todo está bien, todo está bien si vamos a las Hermanas de la Cruz y la vemos, sólo que ahora, por el COVID, nos lo tienen prohibido, como por el COVID a la Victoria le ha correspondido la oscuridad vergonzante, la tiniebla a hurtadillas de una furgoneta, cuando una ciudad en lo alto de un monte no se puede esconder, ni la lámpara se encendió para ocultarla debajo de la mesa.

Ahí está la Soledad de Ávalos, más sola que nunca, encerrada con sus hermanas, que, si salen, es porque Sor Ángela fue lo suficientemente lista como para, en la Regla, dejar bien claro que nunca habría poder en la tierra que pudiera impedir a las suyas acudir adonde deben y ahí siguen, acudiendo adonde deben, aunque por ello el COVID las tenga encerradas en su propia casa, a solas con la Soledad y sin nosotros, que no preguntamos por ellas ni por Ella.

¿Dónde te vio aquel patatero, dónde te vio el pequeño José? No, no pudo equivocarse al verte si te vio y te soñó en el rostro de una viuda o de una madre sin hijo oculta tras un portal, esperando tan sólo una mano que ayude, una voz que se levante, aunque hoy, 29 de agosto, a puertas de novena, le demos la credibilidad que en su momento, al desear a la Soledad de Ávalos, se le dio a un simple patatero: la credibilidad que se le da siempre a la razón del sueño, ésa que acaba teniendo siempre la razón.