• miércoles, 22 septiembre 2021
  • Actualizado: 18/09/2021
6 meses y 19 días para el Domingo de Ramos

Puede (que se me perdonen de nuevo posibles excesos anacrónicos de la imaginación) que la cadena fuera ésta: el deán, de vez en cuando, miraría por encima del hombro a los canónigos, estos a su vez a los racioneros, estos a los artistas a cargo del Cabildo, estos a los criados, estos al pertiguero, estos al canero, éste a los perros y gatos, estos a los locos y, finalmente, estos al deán, y vuelta a empezar, con todos (de por medio) entrecruzando el juego, de vez en cuando, con un todos entre todos.

Entre los infinitos motivos para no andar nunca lejos de nuestros templos, se encuentran esas mesitas siempre a la mano donde se ofrece la hoja Diócesis. En su contraportada, desde hace unos meses, sus responsables han tenido la feliz iniciativa de permitir a Juan Antonio Sánchez López y Alberto Palomo ir desglosándonos las maravillas y curiosidades de nuestra Catedral, la última de ellas, por ejemplo, esa tranca de 3 metros que aún guarda nuestra sacristía para resguardarla de cualquier ataque enemigo, de cualquier allanamiento externo, legado de aquellos tiempos de extraños merodeos desde las costas fronteras, que obligaban a nuestros canónigos a estar preparados para atrincherarse ante allanamientos indeseables, y con ellos a quien la Catedral envolviera en ese momento.

En esas contraportadas deliciosas (junto a la historia, de conocimiento obligado, del Cristo del Amparo o del armario de las reliquias) animo al lector de estas líneas a acudir retrospectivamente en busca de la dedicada al asiento del canero, aquél que tenía encargada la misión en los antiguos cabildos catedralicios de expulsar del templo mayor a locos, mendigos o cualquier otro indeseable que pretendiera turbar la paz de la cátedra episcopal.

Cabría preguntarse si aún andan por algún lado caneros encargados de mantener a raya a cualquiera que intente asaltar posiciones

«Sólo queda tiempo», sentencia en uno de sus versos, eterna, María Victoria Atencia. «Somos el tiempo que nos queda», confirma José Manuel Caballero Bonald, literalmente ya en brazos de la eternidad. Si todo se decide en ese juego, en el del tiempo, cabría preguntarse si el juego del canero es sólo una anticualla, un lamentable signo de tiempos fanáticos, o aún puede que ande entre nosotros. Cabría preguntarse si aún andan por algún lado caneros encargados de mantener a raya a cualquiera que intente asaltar posiciones, cátedras, prerrogativas inexpugnables con ademanes, maneras, estigmas de estrafalario, extemporáneo, en definitiva, de no invitado a cabildo.

Por lo demás, estos, en nuestra Catedral, son sus días mayores. Sí, es cierto que para los cofrades se anuncian jubilares gestas catedralicias, pero la Málaga eterna, la Málaga inmemorial, la de las entrañas, sabe bien cuándo nuestra Catedral es de todos, los de hoy y los de ayer y los que vendrán, cuerdos y locos, hombres y mujeres, ricos y pobres, jóvenes y viejos. Málaga sabe cuándo el canero no está invitado a la Catedral: sabe que es ahora, en estos días en que septiembre tiñe de violeta los atardeceres, sabe que es ahora porque en ella, en la Catedral, se aloja la Victoria que vence al mundo y nada puede llamar al gozo más que semejante victoria, el triunfo sobre todo aquello que esté tentado a expulsarnos de la bendición de estar vivos en este mundo de locos.

¡Feliz 8 de septiembre!