• miércoles, 22 septiembre 2021
  • Actualizado: 18/09/2021
6 meses y 19 días para el Domingo de Ramos

Se la puede podar, sajar, arrancar, que al final poco importa: se haga lo que se haga con ella, la madera sigue viva. Es pura materia orgánica. Sea cual sea su destino, sus poros permanecen abiertos, en un cauce de transpiración continuamente actual, en comunicación permanente, siempre abierto en canal y en un canal de ida y vuelta y, por eso, fue decisivo, sabio y providencial que Juan Antonio Sánchez López, a su catálogo de cinco siglos de imaginería procesional malagueña, lo bautizara El alma de la madera, ese catálogo-joya a día de hoy descatalogado (qué triste juego de palabras) y sencillamente inencontrable, por motivos que sólo pueden atenerse, una vez más, a las irracionales razones de Málaga cuando decide acogerse al papel de madrastra.

A lo largo de todo el orbe católico, el pueblo fiel sabe bien lo que se hace cuando traspasa los templos y acude a la madera. Con la paciencia de quien conoce los precios de la fatiga, aguanta estoicamente las acusaciones de idolatría, de superstición, incluso de fanatismo, él, el pueblo, que no tiene sencillamente tiempo (en lo angosto de su calendario) para perderse en abstracciones, en altas categorías interesadas de razones ilustradas o sin ilustrar, él (ellos y ellas), el pueblo, que sólo tiene tiempo para cruzar puertas, agarrarse a rejas y tantear fronteras, ésas que le ofrecen unos poros siempre abiertos, ésas que le ofrece la transpiración científicamente orgánica de nuestras sagradas imágenes.

Cuánto adolece nuestro mundo cofrade de perder tiempos preciosos, ese lujo que el resto del pueblo fiel no puede permitirse. Cuántos tiempos perdidos en despachos y tramoyas, sin atender a las floristerías y las cocinas en las que se preparan las visitas a San Pablo. Cuánta comprensión rota, cuántos silencios no escuchados; cuánta distancia, en definitiva, nos separa del alma de la madera y, por tanto, del alma de nuestro pueblo, que sabe bien que esa madera es, en efecto, puerto irrenunciable al que acudir porque es ahí, en los puertos, desde donde se parte a lo desconocido; es ahí, en el alma de la madera, donde se apuntala el barco (cada vez más cargado con los bártulos que va aportando la vida) para encarar el rumbo adonde Dios diga, que nunca sabe quién acude a San Pablo o a cualquier otra capilla adónde es.

Son días estos de apresuramientos entrecruzados (inocentes o no, no soy quién para juzgarlo) con la madera. Ante tanta espiral, empiezo a preguntarme quién entiende qué y cómo. Quién ve qué en qué, y perdonen si con estos sintagmas incurro en un consciente galimatías, en un enrevesamiento a posta, pues así estamos últimamente los cofrades y quienes nos gobiernan, enrevesados, entrelazados en juegos enmarañados de decisiones, en debates en los que si algo queda claro es que nuestro pueblo no cuenta, o cada vez, desde luego, cuenta menos.

Pareciera que todo nuestro empeño es lograr un imposible: conseguir taponar los poros eternamente transpirables de nuestras sagradas imágenes

Pareciera a veces, en fin, que (a posta o con inconsciencia) todo nuestro empeño es lograr un imposible: conseguir taponar los poros eternamente transpirables de nuestras sagradas imágenes. De antemano, anuncio que ese empeño es un fracaso anunciado, y nuestro pueblo lo sabe, lo sabe desde siempre: que se rinda quien lo pretenda, si alguno lo pretendiera.

Pero lo importante siempre prevalece: ayer, la epístola de Juan se cumplió: Ella venció al mundo. ¿Lo ven? ¿Ven como la madera tiene alma? ¿Ven como no se puede jugar con ella, sino que es Dios el que juega, si le dejamos, a hacernos la vida mejor? Con este espíritu, con el de la Victoria que ayer, sábado de gloria, venció a este mundo que se empeña en atarnos a las razones de la muerte, me quiero despedir hoy, no sin una súplica: dejemos respirar a la madera como ella sabe hacerlo, pues, a nuestro modo, ni respirará ella ni respiraremos nosotros: pregunten en San Pablo.