• lunes, 18 octubre 2021
  • Actualizado: 17/10/2021
5 meses y 23 días para el Domingo de Ramos

Para vivir, la vida se basta a sí misma, pero nosotros, para vivirla, necesitamos de algo más. Vivir para contarla, llamó García Márquez a sus memorias. Ante el río de la vida, no podemos dejarnos arrastrar por la corriente. Necesitamos el antídoto de la consciencia, de la memoria, del relato. Saber que estuvimos, que vimos, que sentimos, que palpamos y (sobre todo) que no lo hicimos solos.

Necesitamos contar lo vivido y contárnoslo a nosotros mismos. Reparar en qué espléndido, qué bello, qué arrebato fue, es y será estar presentes. Aquello que San Ignacio llamaba la composición de lugar. Abrir bien los sentidos. Abrir del todo las puertas. Situarnos. Percibir y saber que percibimos. No dejar que los días ni los relatos impuestos nos arrebaten aquello que fue verdad, aquello que se convirtió para siempre en nuestro tesoro, y ya nos lo advierte el evangelio: donde esté nuestro tesoro, estará nuestro corazón, y de lo que porte el corazón, hablará la lengua.

Uno anda por estas fechas leyendo Fuga y retorno de Santa Teresa, del actual párroco de San Pedro, Alfonso Crespo. En él, a propósito de la confianza gozosa de Teresa en lo real, en la ridiculez del mal y la sobreabundancia de la gracia, don Alfonso profiere una sentencia rotunda: «el mundo no es un
absurdo ni un relato contado por un idiota».

Por fieras que fueran las sombras, por temprana que fuera la hora, sabían que la paciencia todo lo alcanza, pues Dios (el blanco y el puro, aunque sea bandera discutida) nunca se muda

El domingo pasado, al alba del primer día de la semana, por el barrio de la Trinidad le dieron la razón. Temprano, muy temprano, por calles a oscuras y casi en clandestinidad, los ríos de la vida comenzaron a desmandarse secreta, sigilosa, lentamente, camino de la Plaza de San Pablo, el apóstol que todo lo comenzó a escribir, el apóstol de los amores de Teresa y ellos, los trinitarios (tantas mujeres, tantos jóvenes) repitieron la enseñanza carmelita. Nada les turbaba, nada les espantaba: por fieras que fueran las sombras, por temprana que fuera la hora, sabían que la paciencia todo lo alcanza, pues Dios (el blanco y el puro, aunque sea bandera discutida) nunca se muda y, si se le tiene, sólo Él basta.

Al alba del primer día de la semana ahí estaban las mujeres de la Trinidad frente a la piedra sellada, aguardando fieles, sin importarles la intempesta ni ese vientecillo traicionero que, a las últimas revueltas de septiembre, empieza a traernos los recados del frío. Ahí estaban, dispuestas a hacerse el corazón trizas, a verter sus perfumes, a tirarse de cabeza porque, de nuevo, traían en la boca la súplica de siempre, de nuevo carmelita: «¿Adónde te escondiste, Amado?». Venían, en efecto, a la tumba. Venían a celebrar bodas, esas que en San Lázaro se estaban preparando y que por otros cauces se unirían en blancura a las aguas trinitarias con claritas de boda gitana, con derechos de novia a hacerse esperar.

San Pablo, inadvertidamente, comenzó a desplegar luces por sus ventanales. «El pueblo que andaba entre tinieblas vio una gran luz», proclamamos en la Misa del Gallo, que el pasado domingo fue verdadera Misa del Alba. Y, lentamente, se corrió la piedra y la Soledad de San Pablo recuperó mosaicos, nostalgias, desgarros. Nos recordó cómo los Viernes Santos de Málaga acaban y acabarán siempre con María abierta de brazos suplicando, protestando qué más le queda por dar, qué más falta por serle arrebatado. Cómo terminan siempre con la Servita perdiéndose en las sombras, al cerrarse implacables las puertas de San Felipe, esa Servita a la que también vimos, al alba del domingo, llevada de nuevo a crucificar.

Mirarle con avidez, con cansancio, con ojeras, con hambre, con sed, con desmán, con
alevosía, con rapto, con locura y desvarío del corazón, ahora que, de nuevo, un loco andaba suelto

Tras el Triunfo de la Soledad, tras el de la Trinidad recobrada, de nuevo el silencio, la angustia, la oración, las lágrimas contenidas, la historia, la memoria, el relato que debía recomenzar, la tumba por fin abierta, la luz, la blancura. Hay vida que cuesta contar, que sólo se puede vivir y contarse para adentro y ser sus testigos con los actos de la vida. Hay momentos (como ése en que Málaga recuperó el pasado domingo su bandera blanca) en que sólo cabe alternar el encogimiento y el aplauso, la lágrima y el piropo y mirarle, mirarle con avidez, con cansancio, con ojeras, con hambre, con sed, con desmán, con alevosía, con rapto, con locura y desvarío del corazón, ahora que, de nuevo, un loco andaba suelto y Málaga se soltaba y se liberaba, mientras Él aceptaba el destino de quedarse atrapado (ay, redentor) en las cadenas de todos.

Pasó la mañana. Pasaron los reencuentros. Nos vimos, nos saludamos, nos rozamos y (hay que vencer, de una vez, al miedo) nos dimos los abrazos que la pandemia se empeña en robarnos cuando sólo tocarnos, besarnos, reconocernos será la única redención real para esta carne que somos, por la piedad del Abbá que así nos quiso, carnales y concretos. Luego, las puertas volverían a cerrarse. Luego, el telón volvería a caer y, por un momento, pudimos entonces y podemos hoy creer que todo fue un espejismo, que toda la vida es sueño y hemos vuelto a caer en la condena del gran teatro del mundo pero no, no es cierto: el pasado domingo, la vida salió de la tumba y nadie puede encerrarla.

Cuéntalo. Cuéntatelo. Dilo y dítelo. No dejes que te cuenten lo que tú sabes, lo que tú has vivido. Cuenta y cuéntate que Él es la Verdad y la Vida y la blancura y la locura, que Él es Málaga y tú le viste con los tuyos. Lo demás, en todo caso, será otra historia.