• lunes, 18 octubre 2021
  • Actualizado: 17/10/2021
5 meses y 23 días para el Domingo de Ramos

Cuando vuelve San Francisco, Málaga repasa sus morados (violetas, jacarandas, bouganvillas, pues, no en vano, sabe que en San Pedro ya se preparan joyas para un aniversario de coronación).

Cuando se va el verano, cuando septiembre recolecta las gavillas de la nostalgia, las manos se aferran otra vez a los rosarios y -este año en San Juan- por la fiesta de Santa Teresita (la niña que dijo que una sola obra de amor salvaba a la Iglesia) un Santo Niño se abandona, por los balanceos de su chupete, a ronroneos de nana, nanita, nana mientras, en Santo Domingo (ay, Perchel) el Rosario es reencuentro de claros de refectorio y penumbras de sala de profundis, en la que dominicos predican -escuchadlos- agravios de la memoria.

2 de octubre: los Ángeles Custodios.

Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día, nos enseñaban las madres cuando volvía la noche y nos acechaba el miedo a no despertar, al infierno, a perderlas, a que se fueran de nuestro cuarto al suyo y nunca más regresaran.

Entonces, ellas se quedaban, nos besaban la frente, nos hacían sus santos niños a la nana, nanita, nana y nos prometían que el Ángel de la Guarda no nos desampararía y sabíamos que (si ellas lo prometían) tenía que ser verdad. Sabíamos que la noche era sólo una acumulación de misterios dolorosos por repasar pero que (al final) todo volvería a su cauce, el círculo de la vida se cerraría y repasarlo nos salvaría, por amor de la madre.

Adiós, verano. Ya vuelve San Francisco, el que halló su alegría en el júbilo solar de las criaturas y la impresión de las llagas. Atrás quedan los cuerpos del amor, la carne desnuda que no se llevará el olvido, pues la memoria vence la apariencia de las sombras.

Es ahora, cuando las tardes se acortan y los bronces se quedan, cuando el recuerdo es una ola lenta que se remansa en los ocres, que llega la hora de despedirse y prepararse.

Adiós, mares del deseo. Bienvenidas, pausas de la espera, remansos de la dicha; paladeados, mansos, serenos atardeceres que no nos entregan a la oscuridad, sino a lo que se va gestando en la noche.

No tengáis miedo. Cuando vuelve San Francisco, los morados tejen una ruta. No tengáis miedo: la noche nos abrirá la carne, sí, nos abrirá a la duda, al tormento incluso, a la pérdida, pero viene abriendo senderos a la gloria.

¿No veis ya prenderse las candelas? ¿No oís a los campanilleros? Pronto, la noche será buena. Pronto, un sol nos habrá nacido: esperad.