• domingo, 05 diciembre 2021
  • Actualizado: 30/11/2021
4 meses y 5 días para el Domingo de Ramos

Escribo estas líneas sin saber qué nos deparó la Magna. Sin saber si la permitió la lluvia. Si las miradas de la ilusión las respetó la meteorología o, en su lugar, el tiempo nos puso por delante la prueba de la santa paciencia, de la beata aceptación por la que el ser madura, por la que crecemos y nos hacemos y justamente el tiempo nos aquilata.

Buena cosa es, que al tiempo le busquemos lo extraordinario, pero aún más bueno que demos gracias por todo lo que nos regala de ordinario.

Al final, ha sido bello que la Magna haya venido a coincidir ―se haya celebrado o no― con la memoria de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, cuando justamente se trata de una celebración en aras de honrar a quienes nos precedieron. Qué bello además ―hayan pisado o no las calles nuestros Sagrados Titulares―, si la madurez nos enseña que, en lecciones de santidad (¿acaso la pandemia no nos lo ha grabado a fuego?), nadie nos podrá robar nunca el que la procesión vaya por dentro.

Todos los Santos y Santas del Señor. Ángeles cotidianos del día a día. Manos del hoy y fieles manos del ayer, fieles difuntos.

No, no sé si habremos procesionado, pero sé que el tiempo ordinario nos devuelve el gozo del agradecimiento. Nos devuelve el reconocer que no somos islas sino seres eclesiales, luminosamente relacionados, engarzados, hermanados, más allá de quien intente separarnos e incluso contra las trampas del tiempo y del espacio, incluso contra la trampa de creer que nuestros predecesores del 21 ya no están con nosotros, contra el engaño de pensar que todos los que se dejaron por el camino la piel no han labrado y siguen labrando la nuestra.

No, no sé qué habrá pasado el sábado. No sé cómo amanecemos hoy domingo. Lo que sé es que el tiempo ordinario sigue siendo extraordinario y mañana y pasado la oportunidad se renueva para el recordar y el agradecer.

Para rezar por tantos, por tantas que no descansan ni se detienen, que no descansaron ni se detuvieron. Para que les honremos con nuestros pensamientos, nuestros actos, nuestros gestos: con nuestras sencillas muestras de amor, pues de eso creemos que les juzgaron a ellos (a nuestros difuntos) al atardecer de su vida, de lo que en la balanza del amor fueron peso a peso y sudor a sudor colocando.

Y aunque en esta vida nuestra nos cueste creer que haya otra. Aunque, en esta vida, nos cueste pensar que, del otro lado, el velo se correrá y por fin veremos. Aunque, en esta vida, tan a menudo todo nos parezcan sombras y sólo sombras de muerte, ésta es nuestra fe: que los santos y los difuntos nos acompañan, que no somos islas, que nada se pierde, que merece la pena, que tiene sentido y no, el tiempo no es una trampa ni la vida un cuento absurdo.

Por lo demás, es más sencillo. Miren alrededor. Busquen cerca, y encontrarán. No se dejen cegar por las sombras ni las apariencias, ni tampoco enredar por enrevesadas teologías.

Búsquenlos, aquí y ahora y les aseguro que los encontrarán. Les aseguro que son, que están, que nos bendicen cotidianos, ellos y ellas, todos los santos y santas del Señor. Abran bien los ojos, y los verán.

Felices fiestas del agradecimiento y de la memoria.

Feliz reposo.

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