• domingo, 05 diciembre 2021
  • Actualizado: 30/11/2021
4 meses y 5 días para el Domingo de Ramos

Noviembre se tiñe de ausencias. Noviembre las tañe, las convoca y ―a lo decisivo―las recupera.

Noviembre tañe y se tiñe de amarillo. De esos bronces y cobres apagados que han entrado en nuestros ojos por los retratos de nuestros difuntos. Es el mes del sepia, el del recuerdo y del regreso, el del reclamo y la nostalgia, de todo lo que se recupera porque nada, nada nunca se pierde. Porque todo pasa y todo queda. Porque todo siempre marcha en lo recuperado.

Algo recuperamos (sin duda) el sábado pasado. Muchas cosas pueden y deben cuestionarse de la Magna. Por ejemplo, el recordar que lo primero, lo importante primero será siempre participar y no simplemente visionar, fotografiar, mediatizar ni whatpsear.

Quién podrá negar ―con todo― que algo recuperamos con la Magna, aunque también habrá que apuntar y apuntalar lo perdido, lo que se nos va de perdido en este nuevo mundo nuestro de vallas y cuadrículas en el que se nos intenta trazar y acartonar a escuadra y cartabón. Sobre todo (ante todo),
recuperamos los abrazos, esos cuya lógica nos enseñaban en octubre San Francisco y Santo Domingo a los pies de María (que no sean un espejismo, que queden, queda en nuestra mano, queda en nuestro brazo).

Noviembre. Noviembre de lo recuperado. Noviembre en Málaga.

Pasear una mañana por la Plaza de la Merced. Sorprender (entre desmayos cobrizos y puestos de castañas) verdores que aún pujan. Constatar cómo resisten, como insisten en el obelisco las proclamas (Ciudadanos, antes morir que consentir tiranos; El mártir que transmite su memoria no muere, sube al templo de la gloria). Contrastar cómo las palomas de Picasso no se marchan, no dejan solo a Torrijos ni a los suyos y cómo allí, en la esquina de siempre, la piqueta no pudo destruir la impronta, la apostura, el recuerdo, la insistencia de la Merced.

Fue allí. La Magna se ha celebrado por eso. Fue allí, en la sacristía. Una firma, un gesto, una valentía. Solos, no. Aislados, no. No por nuestra cuenta.

Unidos, y unidos por la fuerza de la Resurrección. Noviembre nos trae también a Sor Ángela. «Pisotea el ego«, decía la zapatera prodigiosa. Salir del ego. Unirse. Comulgar. Superar. Salir. Cruzar.

El sábado, los cofrades cruzamos distancias para abrazarnos, ésas que un día ―en la Plaza de la Merced― nuestros antecesores supieron también cruzar para (pescadores de hombres) buscar otros mares.

Por eso, si en la Magna no lo hicimos, ahora que noviembre nos tiñe de memoria, honor, honor a los que nos precedieron en sus errores, pero sobre todo en lo decisivo de su gesto de la unidad, de la superación del solipsismo, de la trampa del aislamiento.

Paseemos por la Plaza de la Merced y recordemos (alzando la vista a gesto de obelisco) que a veces la vida consiste en valentía, en arrojo, en no resignarse, en decidirse a cambiar las cosas y ―para hacerlo― tomar conciencia de dónde se parte y agradecer, agradecer a los que un día también tuvieron el arrojo.

Por lo demás (repetimos) bendito lo extraordinario pero más, mucho más lo que de ordinario nos va regalando el año y la vida, bendito este noviembre que regresa con sus regresos, que nos tiñe con sus tañidos, que con ausencias nos colma de presente y en la hoja que cae ya incorpora primaveras.

Merced, merced de noviembre, del año, de la vida, de ser cofrade y de estar vivo, de escribir estas líneas, de que usted y yo ―lector―nos volvamos a encontrar, como el sábado nosotros los cofrades hicimos eso, reencontrarnos.

¡Feliz domingo!

Archivado en: Difuntos, Noviembre.Santos.