• domingo, 05 diciembre 2021
  • Actualizado: 30/11/2021
4 meses y 5 días para el Domingo de Ramos

 

Tiento primero

Define el Diccionario de la Real Academia (en su acepción sexta) la palabra tiento como «prudencia en un asunto delicado». Qué mayor delicadeza, que la que rige el asunto del tiempo. Qué tiento no exigirá de nosotros, este empeño ―de un tiempo a esta parte― en forzarle revueltas, en enredarlo: en no dejarlo fluir.

Tiento segundo

Porque el tiempo avanza. Humilde, sencillo, el tiempo ordinario y el otoño van desgranando sus hojas mientras nosotros (últimamente) parecemos más que nunca obcecados en darle la razón a Lenon, en aquello de que la vida suceda mientras nosotros acumulamos otros planes.

Tejemos y destejemos extraordinarias, eventos, ocasiones que nos parecen magníficas, mientras lo magnífico de lo ordinario, de lo sencillo, parece pasarnos de largo. Parecen pasarnos de largo, los cofrades desatendidos de cualquier mañana o cualquier tarde, que visitan a solas a sus Titulares en sus capillas (algunas este otoño vacías). Nos pasan de largo en lo cotidiano, las mujeres y los ancianos de carritos de la compra y soledades arrastradas y, con ellos, los silencios, las soledades de la ciudad a la que decimos debernos.

Tiento tercero

¿Quién atiende al otoño? Parecemos esquivarlo. Parecemos ignorar que el Adviento se acerca. Parecemos ufanados en esquinar, en fingir desconocer la necesidad una vez tras otra desatendida del cofrade que no acaba de encontrar por dónde entra la llave en la cerradura de la puerta de la casa-hermandad, la sacristía o la iglesia. Ese cofrade tiene tacto, tiene tiento, pero parece que no todos tenemos tiempo para atender su necesidad, su petición, su llamada, ésa (sí) de las mañanas y las tardes en soledad ante las capillas de los Titulares, en espera del tiento ―del tacto― de un brazo que llame, incorpore, acoja. Quién sabe, incluso de un abrazo.

Tiento cuarto

Quizá sí hubo un tiempo. Quizá sí hubo ocasión para que el otoño fuera otoño. Para que cada día tuviera su afán. Para que cada santo mereciera su ocasión en el santoral y todos nos acordáramos mutuamente de nuestros santos y cumpleaños, de nuestros cultos de regla sin necesidad de WhatsApp, Twitter o Facebook. Quizá, hubo épocas (¿o acaso soy sólo víctima de la nostalgia otoñal?) de convocatorias de culto en las puertas de nuestras iglesias, de devenir sencillo.

No, ningún tiempo pasado fue mejor, pero también la Historia previene del peligro de las equivocaciones colectivas o (sencillamente) de la desatención cotidiana a lo mejor de lo posible. ¿Qué somos hoy en día, anclados a teléfonos sin alma donde ni las almas ni los cuerpos de los hermanos habitan?

Lo real. Lo real se nos escapa. La composición de lugar se nos evapora. El tiempo, se nos escapa el tiempo mientras nosotros insistimos en acumular otros planes, otras tareas, otras prioridades. Mientras lo virtual desplaza a lo tangible. Mientras Skype sustituye al compromiso del encuentro. Mientras nuestros cabildos generales y asambleas se diluyen en foros de mutismo o mayorías sospechosas y se nos va, se nos va la hora y el hermano. Se nos van los días, las gentes y las cosas, en afanes que a los días, las gentes y las cosas irremplazables reinciden en desplazar.

Tiento último

Pero pronto, pronto llega. Pronto, el ciclo del año litúrgico se cerrará y nos abrirá la oportunidad. Pronto, el trato del tiempo nos traerá el Adviento, la Esperanza, la renovación, y a ellas deberemos aferrarnos como de ordinario hacíamos, como de ordinario hacemos si a la vida la tratamos con tacto.

Si (a revueltas del tiempo) es el tiento, el pálpito, la pausa del amor quien nos gobierna y de nuevo nos trae, nos devuelve y resucita el don de recomenzar.

Como de ordinario, feliz domingo.