¿Quién, quién no ha temido alguna vez ser víctima de una total alienación? ¿A quién no le ha aterrado el serlo de un completo olvido?

Nuestras ciudades están punteadas de psiquiátricos. Son lugares que se diría no existen, que nadie registra y allí a veces se da, el total olvido, la completa alienación.

Así las cosas, ¿quién, quién sería el que tejería aquella maravilla, aquella deliciosa invocación: Mas si mi amor te olvidare, Tú no te olvides? Mas si nosotros un día cayéramos por completo en el olvido, Tú, María, no nos olvides.

Yo no sé quién eres, pero eres una gran ternura, te decía Dámaso Alonso. Y con él te han contado, te han cantado los poetas, María, y te han alabado las generaciones y los tiempos como Tú profetizaste en el Magníficat.

Así es: a veces lo olvidamos todo, María. A veces no somos sino materia, carne, fatiga de olvido, pero entonces llegas Tú y sostienes, levantas, aúpas nuestro cansancio y nuestra fatiga.

Entonces -María- tu nombre, tu rostro, tu recuerdo regresan como ha regresado el Adviento, como todo vuelve a nosotros y ahí estás, María, ahí estás otra vez para decirte, para nombrarte, para rezarte: para que no nos caigamos.

Los días y las noches se suceden. A veces, se diría que solo las noches, con su peso de sombras, con su imposición de olvido, y entonces retorna, retorna la letanía a nuestros labios: Mas si mi amor te olvidare, Tú no te olvides. Si nosotros te olvidáramos, María, Tú no: Tú no.

Así suena, así resuena nuestra plegaria en estos días confusos, amenazantes, en que todo parece ponerse en nuestra contra. Pero si Tú, María, te pones de nuestra parte, ¿quién nos derribará? Si Tú ―allá dentro del misterio― permaneces de pie para que no nos caigamos, ¿quién podrá impedirnos que miremos con rostro limpio y esperanzado al futuro si es el tuyo, si es tu rostro el que nos lo está señalando?

Llegan, llegan los días. Se acercan los días de tu dicha, María embarazada, María gestante, María a punto de alumbrar. Llega, llega el día de la Inmaculada en el que te celebramos redonda, redonda y pura, en  este mundo en el que a cada paso nuestra propia pureza parece estar puesta a prueba y la tuya, la tuya acude en su defensa.

Porque eso eres, nuestra defensa. Porque ―en tu amor―el tiempo no podrá contra nosotros. No podrá la cantinela de la muerte contra ti, que vives aplastándola con tu talón, Tú, que naciste preservada de la muerte.

El tiempo. Que no nos sorprenda el tiempo con la espada del olvido y contra él, contra su espada se alce la tuya, María, en aras de nuestra liberación.

Que el tiempo, el tiempo pase, Señora, pero no Tú. Que llegue, que llegue todo olvido pero no el tuyo, el tuyo nunca y si llegara, si nuestro amor te olvidara, que te olvidemos nosotros pero Tú no, Tú no te olvides.

Feliz segundo domingo de Adviento. Feliz día de la Inmaculada.