¿Dónde? ¿Dónde iba a nacer?

Dónde, si en ningún lado parecía quedar sitio.

Si ―por todas partes― lo virtual parecía sustituir a lo real. Si todos parecían ir a su avío y ni se aparentaba respirar tras las mascarillas. Si ni acudir, ni acudir se podía a los sitios sin nuevos pasaportes, así que dónde, dónde podría, dónde podría nacer.

Parecía una historia en bucle. Parecía una historia repetida, ésta de no encontrar posada.

Parecía una condena, ésta de no encontrar ubicación, en esa era en que para situarse hacía falta GPS y no la confianza en los propios pies. Una era en que nadie parecía encontrar su propio emplazamiento así que dónde, dónde podría nacer si nada, nada parecía hacerlo entre tanta oscuridad, entre tanto desplazamiento y tanta desubicación.

Dónde, dónde podría encontrar posada en la era de los apartamentos turísticos. De las puertas cerradas bajo doble y triple llave. La era en la que todo quedaba enclaustrado dentro de un teléfono y bajo  candado, siempre bajo candado.

Dónde, dónde podría nacer Él, si Él por ningún lado parecía que estuviera ni se le esperara incluso en el tiempo de su esperanza, el tiempo de su venida.

Si todo, si todo incluso en el tiempo de su luz parecía en sombras cómo, cómo esperar nacimiento alguno. Cómo, cómo esperar en una era que algunos se empeñaban en signar bajo el signo de la muerte cuando la vida, la vida es lo único que siempre pide paso, la vida es lo único que siempre insiste en imponerse y con ella la Vida de la vida.

Sonaban los villancicos. La ciudad celebraba extraños festivales, extraños entrecruzamientos. Luces, decían, pero lo cierto es que por ningún lado se veía la luz. Luces, decían, pero lo cierto es que imperaban las sombras.

Lo cierto es que ―entre tantos deslumbramientos― era poco lo que se veía y desde luego eran pocos, eran pocos los sitios que pudieran verse, pocos los sitios que pudieran elegirse para nacer ahora que decían que nacer, que vivir ya merecía poco la pena. Que la pena―sí― era lo que se merecía a sí misma y el afán de lucro, el afán de egoísmo, el afán de sombra acumulando a la sombra, el afán por el afán mismo, el afán de no saber adónde ir.

Y, sin embargo, seguían diciéndolo, seguían proclamándolo: El pueblo que andaba entre tinieblas vio una gran luz.

¿Dónde, dónde iba a nacer?

La luz, la luz tendría que marcarlo. La luz tendría que definirlo. La luz tendría que señalar el momento y el lugar preciso y sería allí, justo allí.

Allí nacería.