«La esperanza es la vida de la vida», proclamó el Cardenal Amigo Vallejo en el Pregón de la Pura y Limpia Concepción de María que un año más ―y van cuarenta― celebró la Archicofradía de Nuestra Señora de los Dolores de San Juan en vísperas de la Solemnidad de la Inmaculada.

«La esperanza es la vida de la vida», sonó y resonó ayer en calle Hilera y en cuantos templos hilvana la geografía del cariño, tiñéndonos de nuevo los ojos de verde en torno al vientre redondo y expectante de María.

¿Esperanza cómo?

¿Esperanza cuándo?

¿Esperanza dónde?

Cómo, cuándo y dónde, en este tiempo en que nuestros rostros y respiraciones se difuminan tras las mascarillas.

Cómo, cuándo y dónde pensar en verde. Cómo ponerle color a la vida en este tiempo negro de la Historia que nos ha tocado vivir. En esta edad oscura en que todo parece empeñado en ponernos de rodillas para adorar a la muerte como única meta, como único centro, como único fin de la existencia.

De nuevo el martes ―en el centro del Adviento― San Juan de la Cruz alzó su llama de amor viva. Con ella nos recordó que a veces primero ―para que alumbre― han de regir las sombras. Que a veces para que la luz, la vida y el amor imperen ha de atravesarse la noche oscura.

La noche oscura. Hasta la estación parece sólo hablar de ella. Por todas partes nuestro tiempo y nuestro momento parecen sólo referirse a ellas, a la noche y a la oscuridad. Parecen echar raíces tan sólo donde nada germina, donde todo sucumbe, donde todo se encierra en sí mismo y la muerte tiene la última palabra.

Y ―sin embargo― la vida sigue imponiendo su evidencia, y con ella la esperanza que ―en efecto― es la vida de la vida.

Y ―sin embargo― ayer los cofrades volvíamos a hacerlo. Volvíamos a empeñarnos en mirar al vientre de María y ―con ello― a llamarla Nuestra Esperanza, a teñir la noche de verde.

A pesar de las mascarillas, volvíamos a encontrarnos, y era la prueba y nos bastaba.

Volvíamos a decirlo: estamos vivos.

Volvíamos a celebrarlo en los abrazos, a despecho del miedo y de sus heraldos, de cualquiera de sus portavoces interesados.

. Frente a tanto no, los cofrades volvimos a decir a la Esperanza.

Nada menos que a la vida de la vida.