Algunos quizá prefieran hablar de la Navidad del riesgo, pero yo sin duda prefiero hacerlo del riesgo de la Navidad.

Algunos quizá prefieran insistir en cómo la Luz está hecha para sucumbir en el seno de las sombras. Otros tenemos claro que es al revés: es la Luz la que las derrota y las vence. La que siempre se abre paso a través de ellas y las hace sucumbir.

A lo largo del Adviento, hemos oído voces que claman en el desierto. Las de Isaías o Juan el Bautista. Voces solas, aisladas, pero poderosas como martillos derribando muros, noches, sombras.

A lo largo del Adviento, hemos contemplado a María venciendo a la resignación, poniéndose en camino –veloz para el auxilio- de Nazaret a Ein Karem.

Hemos contemplado a la Madre veloz, intrépida, ágil. La hemos contemplado resuelta a no aceptar sinos fatales para llevar luz a quien lo necesita. A Isabel. A todo aquél o aquélla que suspira por una mano que se le tienda.

¿Qué poder será el de las sombras, si la Luz es invencible?

¿Qué poder será el de todo aquél que pretenda sumirnos en ellas, si la Luz es más sabia, más ágil, más veloz?

La Luz. La Luz, a pesar de todos los profetas en contrario, a pesar de tantos que pretenden que sucumbamos en los brazos de la oscuridad, que no corramos el riesgo de apostar en su favor.

El pueblo que habitaba entre tinieblas vio una gran luz, proclaman las voces que claman en el desierto.

Todo valle será exaltado y toda montaña será allanada, insisten, aunque otros insistan ―ellos sabrán por qué ― en que los valles y las montañas acabarán por sepultarnos, en que la muerte y la sombra nos enterrarán a todos en lo definitivo.

Algunos―ellos sabrán por qué― pretenden hacernos ver por todas partes el riesgo cuando llega la Navidad.

Yo, sin embargo, vuelvo a ver el bendito riesgo que supone la Navidad y su regreso. El riesgo que supone para la sombra.

Celebremos: la Navidad regresa y con ella Él.

La Navidad regresa y con ella el abrazo, la acogida. La Navidad regresa y con ella el triunfo de la voz que clama en el desierto.

Y es que a veces hay que hacerlo. A veces hay que clamar en el desierto para que la luz encuentre rendija a través de la que abrirse paso y sea así ―por una pequeña rendija, por un diminuto intersticio― como la luz triunfe.

La luz. Nunca habrá suficiente insistencia en nombrarla, en reivindicarla, en traerla a colación.

Hablen. Piensen. Sientan la luz. Proclamen a voz en grito que toda tiniebla que cubra la tierra está hecha para sucumbir por su poder y no al revés.

Cofrades. Hermanos. Hombres y mujeres de buena voluntad: Cristo ha nacido. La luz ha vencido, como vence siempre.

Feliz Navidad.