Hoy ―con el Bautismo del Señor― traspasamos la última frontera de la Navidad.

Hoy ―recogiendo árboles y belenes― no podemos evitar que nos traspasen punzadas de melancolía y que la búsqueda de sentido a los días que nos quedan por delante nos interrogue el alma.

No han sido pocos ―a lo largo de estas fiestas― los villancicos que nos prevenían frente a la fugacidad de los tiempos y las cosas. No han sido pocas las veces que hemos tarareado que la Nochebuena se viene, la Nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más, como nos han recordado las ausencias en nuestras mesas.

Traspasamos la frontera de la Navidad y de nuevo qué sabio el villancico que nos advertía que los pastores tenían que llegar al portal cargados de presentes al Niño Manuel. Y es que estaba medio en cueros y (de no cubrirle) nos arriesgábamos a que así ―desnudo― le sorprendieran los fríos de enero.

Un año más, el ejemplo de los pastores se ha multiplicado a lo largo de la Navidad.

Un año más, las muestras de solidaridad de nuestras cofradías y hermandades se han desplegado.

Sabíamos que ―tras las fiestas―llegan los fríos de enero, esos que no solo corresponden a un mes concreto del año. En ellos, muchos hermanos habitan siempre y ―por qué no reconocerlo― en ellos nosotros mismos a veces vivimos también, de otra forma, congelados de espíritu.

Y es que los fríos de enero no solo se refieren a los del Niño Manuel ni a los de un mes del año. De una manera polisémica, no sólo hablan de esa melancolía que queda en nosotros tras la Navidad ni de la temible cuesta económica que tantos tienen que afrontar en este mes que iniciamos.

A veces, los fríos de enero son un estado del alma y de la vida.

A veces, son una metáfora de nuestra forma de ser y de habitar en el mundo, un mundo que necesita de socorro mutuo, de solidaridad, de caridad fraterna, de ayuda y comprensión entre nosotros.

Ojalá ―tras la Navidad― no falten manos tendidas para dar calor contra todo frío del cuerpo y del alma. Ojalá la llama de la caridad no se apague y sea la antorcha que ilumine cualquier sombra que parezca infranqueable de traspasar.

Han llegado los fríos de enero: que no les falten manos tendidas para dar calor.