Contra el miedo, la ilusión.

Contra el miedo, el empuje, el coraje, la constancia, la perseverancia.

Hoy todo parece hablar a favor del miedo. Miedo a contagiarnos, miedo los unos de los otros… Miedo se diría casi del mero hecho de estar vivo.

Bajo las mascarillas, de pronto nos preguntamos por las cosas que merecen la pena y ―quién sabe― si merecemos la pena nosotros mismos.

De pronto, parecemos haber olvidado que ―de todas las enfermedades― el miedo es la más contagiosa y la más peligrosa.

La enfermedad del miedo atenaza todo lo que somos. En ella y desde ella se alzaron los peores totalitarismos y el hombre renuncia a lo mejor de sus sueños, sus impulsos y sus creencias.

Si somos llama de amor viva y debemos vivir espabilados para el amor, no podemos consentir que el miedo apague esa llama y nos tumbe del todo.

Si nosotros, cofrades ―hechos para el enlace, la comunión, el hermanamiento―, volvemos a sentir al sueño despertando el alma de las túnicas por las albacerías y que una mano diestra de nuevo aúpa la cruz-guía para seguirla; si nosotros, cofrades, reincidimos en notar que razones más poderosas
que las del miedo vuelven a convocarnos, no podemos rendirnos, ceder, sucumbir.

Sabemos desde siempre que la procesión es la metáfora más poderosa que existe de la vida y que nada podrá nunca contra ella, contra la Vida.

Acudamos pues ―sin miedo y con la cabeza alta― al reclamo de la cruz-guía, a ocupar nuestro puesto en la procesión, que será lo mismo que decir que a ocuparlo en la vida.

Vayamos ―los unos del brazo de los otros― apoyados mutuamente ―cada uno desde su carisma― en solidaridad, en caridad perfecta, pues el signo de los tiempos nos llama a vencer al miedo para que no sea él el que nos venza.

Acudamos, sí ―pasa la procesión, pasa la vida―, pues todo teje de nuevo la oportunidad y no podemos consentir que nos pase de largo.

Non avete paura. No tengáis miedo.

Todo día amanece, hoy es siempre todavía y la cruz-guía se alza, marcha en alto adelante.

Vayamos tras ella.