El sueño de la razón produce monstruos, se llama el capricho.

En él, don Francisco de Goya nos representa postrados, encadenados, invalidados para alzarnos. Sobre nosotros, se multiplican los motivos por los que somos incapaces de levantar la vista y salir de nuestra postración, soltar nuestras cadenas.

En él, un miedo llama a otro miedo, en una multiplicación exponencial por la que la razón convierte al sueño en una monstruosa pesadilla.

Frente a ello, Pascal nos advirtió que hay razones que la razón no entiende. Frente a ello, el sueño ―que no la razón― tiene también sus razones y son ésas las que nos incorporan.

Bajo las mascarillas, podemos estar tentados a creer que la Historia, que la Vida se ha detenido, cuando nada lo ha hecho.

Mirad: es aquí y es ahora. Hic et nunc –decían los clásicos- y nosotros seguimos creyendo que una mano más poderosa que nosotros nos sostiene: que un brazo nos ampara y nada puede contra ese brazo: que en él está el poder y el imperio.

Sueñan. Sueñan las albacerías.

Sueñan las túnicas los cuerpos que han de poblarlas y cada insignia el hombre y la mujer que habrá de rozarla y devolverla a la vida, reintegrarla a su sitio y su función.

No. No se ha detenido.

No estamos atados ni encadenados, ni hemos entrado en la deriva de un relato absurdo. Sigue teniendo sentido.

Todo sigue basándose en la multiplicación infinita de sentido y basta un lugar -las albacerías- para encontrarlo. Basta un lugar para hallarlo, para espabilar el de nuestras vidas y darle la razón al sueño, en el nombre de esas razones que la razón no entiende.

Entrad. Entrad a las albacerías.

No dejéis que sucumba.

Encontrad motivo.