Es inevitable no mirar atrás porque ha costado mucho llegar hasta aquí. Qué lejos queda aquel Domingo de Ramos del confinamiento, ahora que ya vemos los capirotes en el horizonte, suenan cornetas y tambores de fondo y los vencejos confirman la primavera. Qué vacío aquel y qué larga travesía recorrida. Cada uno sabrá el peso de su mochila pero todos tenemos la nuestra. Llevo días aterrizando emocionalmente en este momento, en el despertar de esta mañana, casi sin poder creer que estábamos ante un Domingo de Ramos de los de siempre. Sabedor de lo que venía y de donde venimos, esta Cuaresma, he disfrutado con cada hoja que quitaba al calendario, cada día que tachaba, cada momento de la cuenta atrás cuando reparaba en esta feliz realidad que hoy sí podemos tocar. Normalidad es una procesión con nazarenos en Semana Santa. Por fin las tenemos en nuestras calles, en nuestra Andalucía, con la paradoja de siempre, agudizada como nunca: no querer que lleguen, a sabiendas de que se esfumarán. Pero deseando estoy de poder abrazar este Domingo de Ramos la normalidad más deseada. Nuestras procesiones fueron lo primero en suspenderse y sabíamos que serían lo último en volver. Cuánto tardó esta vez la primavera.

Por alguna extraña razón, somos incapaces de valorar las cosas hasta que las perdemos. Qué precio tiene disfrutar de una jornada de palmas, desde que abrimos la ventana para recibir la primera bocanada del aire fresco de la mañana, hasta llegar a casa con los pies cansados por los kilómetros recorridos. Es el momento de salir disfrutar. El ser vivo más insignificante del planeta, un simple virus, ha sido capaz de poner nuestro mundo bocabajo. Somos frágiles; gigantes con pies de barro. La vida nos recuerda en cada esquina que aquí estamos de paso. Y serán sólo siete días. ¡A vivir!