A primera hora de la tarde, el Puente de la Aurora arde. El sol ha hecho presa en el enrejado que le da forma y los corazones allí dispuestos se muestran solícitos a quemarse en el fuego de lo que vendrá. «De Santo Domingo a San Pablo, la nervadura de este tiempo de incertidumbre ha acabado por traerme de un barrio a su hermano y de reja a reja», Salvador Marín Hueso dixit. Quemará la calle Los Negros, dejando atrás a un barrio que lucha por seguir siéndolo; quemará la calle Alcazabilla, porque ‘tras la divertida juventud y tras la incómoda vejez, nos recibirá la tierra’; quemará la calle Mariblanca entre un baile de corales y quemarán los ladrillos rojos de un templo que volverá a abrir sus puertas.

Todos seremos crisol. Sentiremos un día más que formamos parte de un rito en el que nos reencarnamos en nosotros mismos, pero con otra piel, renovados, fortalecidos. En medio de un fuego purificador, que no arrasador. Una llamarada que nos atravesará como si de un cielo de media tarde se tratara. El cielo de El Cairo, por ejemplo, en el 1917, con el oficial Lawrence repasando mapas de estrategia junto a dos compañeros en un pequeño sótano- despacho en el que se deciden las directrices para dominar la Gran Guerra. Mientras tanto,  el afán contra el dominio otomano hace arder la llama de una rebelión árabe. Y precisamente, una llama que le hace fuerte, es la clave en uno de los diálogos que aparecen en los primeros compases de la mítica ‘Lawrence de Arabia’, personaje que tenía por costumbre apagar las cerillas con los dedos, eso sí sin mostrar el más mínimo dolor.

Michael George Harley: Un día te vas a llevar un disgusto, eres de carne y hueso, como todos.
Lawrence: Michael George Harley, eres un filósofo.
William Potter: ¡Cómo duele! (Grita mientras intenta imitar a Lawrence.)
Lawrence: ¡Claro que duele!
William Potter: Entonces, ¿dónde está el truco?
Lawrence: El truco, William Potter, está en que no te importe que te duela.

Quemémonos sin importar el fuego.

Archivado en: Semana Santa 2022.