Le gustaba mucho estar pendiente de las cabañuelas. Desde agosto, que es el mes cuando se recogen los datos, hasta la ansiada Cuaresma, que es cuando se extrapolan los resultados para conocer lo que nos va a deparar el cielo en la siguiente Semana Santa (eso sí, con mucho margen de error). No era un experto en los cálculos sino que se autodefinía como un «experto lector y seguidor de los que sí estudian las cabañuelas». Los conceptos había que dejarlos claros. Alguna vez se atrevió a compartir las predicciones de los verdaderamente entendidos en la materia en la radio, a través de la cual tanto nos aportó junto a su ‘hermano’, con el que descansa junto a ti. Tan conocida era su afición a esta cuestión que incluso alguna vez lo llamaron para saber de primera mano las predicciones del día, «como si fuera un hombre del tiempo». Como aquella vez en la que, mientras jarreaba en la mañana del Martes Santo, aseguraba que por la noche no caería ni una gota más. Y así fue. Un pronóstico como caído del cielo, y nunca mejor dicho. Como cae tu nombre en la hierba.

Del cielo también baja de vez en cuando la evocación de los tiempos y aquí me recreo en cómo él recordaba aquella casa en las Lagunillas, barrio donde celebraban cada año una boda por todo lo alto con la que es «alianza de mi ciudad», que decía el pregonero.  Allí estaba aquel balcón desde donde a los portadores, por supuesto sin tallar y sin inscripción, se les lanzaba la túnica,  con los largos – por ejemplo- a la altura de la corva,  un bocadillo y un huevo duro. Dadas las costumbres de la época, lo del huevo duro los hombres de trono lo vieron prescindible y, aunque las proteínas sean fundamentales para soportar un ejercicio físico tan grande como el varal, prefirieron la nicotina de un paquete de celtas que pasó a ser uno de los elementos de los lotes a entregar.

Los recuerdos son como el rocío por la mañana: perlas de vida que refrescan el amanecer, que sanean, que le enjuagan la cara a la memoria y al corazón.

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