Dicen que de mí nació el árbol de la vida y sin embargo, unido a mí, a ti se te escapa. Siento que el aire separa tu espalda lacerada de mi pecho hasta ahora inerte. Tu cabeza mira arriba y entonces el aire se escapa al cielo consumándose todo. ¿Ya te has ido? Sí, sé que sí. Mira cómo se ha cubierto el cielo. No puedes verlo pero se ha hecho de noche en pleno día. Sí. Sé que ya te has ido pero yo me quedo. Tú seguiste la voluntad del Padre y yo me quedo aquí para seguir la tuya, que es la misma. Es a mí a quien tendrán que cargar. Como ya hiciste tú. Aún siento ir sobre tu hombro y lamento haberte hecho caer. Siento las manos temblorosas de aquel hombre que te ayudó. Ahora tengo que ayudar a que se levanten. Sé que cuando me vean te verán a ti. Quién lo diría. Yo, madero de martirio, patibulum de injusticia, ahora símbolo de salvación. Sí, ya sé que te has ido, pero también sé que volverás. Lo cuenta el frío del aire de esta noche que ya es madrugada. Lo dice el aire hecho aliento que se acaba de escapar de tu garganta gritando al cielo. Sí, sé que volverás. Porque está escrito como escrito está que yo permanezca por los siglos de los siglos. He visto a tu madre llorar a mis pies, a más mujeres lamentar tu muerte sin consuelo, he visto a tu discípulo amado convertirse en un nuevo hijo. He visto manar sangre y agua de ti. He visto perdonar a un buen ladrón, a un centurión creer y un imperio temblar por tu reino. He visto partirse el velo del tempo como si cristal fuera.

El aire ya traía aroma de cobardía y la brisa de la medianoche es como la lanzada en tu costado. Hiriente, afilada, soberbia. No me lo pueden contar, yo he visto esa lanza acercarse sin mesura, ni compasión ni justicia. Cortó primero al aire y luego a ti. ¡Ay de mí, lo que el aire me trae ahora! Porque ahora me exaltarán, me repujarán, me echarán pétalos, porque he sido signo de ignominia pero ahora lo seré de redención. Ahora soy yo quién te pregunta: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

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