A medida que se va pisando, su olor se va expandiendo. Y son tantas las criaturas que lo pisan, que, a modo de espectro, se abre ante nosotros impregnando la ciudad de ese aroma inconfundible, que condensa en sí mismo las virtudes del que brinda su tiempo y razón de ser para estar a los pies de los demás, sobre todo a los de Ella. Un aroma anunciador, un mensajero de gubia levantina, un mensajero de esperanza. ¡Y el Nazareno lo bendice! Un heraldo de medianoche que alfombra el paseo regio de la que es ancla de nuestra fe. ¿Dónde estará el horizonte al que ella mira? ¿Que verá allí donde a nosotros la vista no nos alcanza? ¿Qué hay detrás del abismo de su pupila?

Se quedan muchas preguntas sin responder y ante la presión de no conocer la respuesta, siempre quedará la llave maestra de todas las soluciones, la que abre la puerta de todas las diatribas: Señor, hágase tu voluntad, así en el cielo como en la tierra. Hágase con tus pisadas firmes sobre el lagar del amor para poder beber el vino de la vida eterna que se derramó por nosotros.»Bonus vinum laetificat cor homini», decían, y el Señor, ya se sabe, pone una mesa frente a nuestros enemigos, nos unge la cabeza con perfuma y por él nuestra copa rebosa. Hágase, por nosotros y por el prójimo, ya que todos tenemos que ser la sal de la tierra. Que no se diga de nosotros, siendo nacidos al cobijo del mar. Hágase, por tu victoria frente a la muerte, porque eres bueno, porque es eterna tu misericordia.

De la tierra nace la vida. Es un sustento de creación. Si el verano la cuartea, la primavera la revive. Si el otoño la oscurece, el invierno la hace fuerte. La tierra es donde repta la astucia de la serpiente y desde donde vuela la sencillez de la paloma. La tierra es la herencia de los mansos, que bienaventurados sean.  La tierra es donde quedan las marcas de las huellas del padre para indicarnos que si pasamos por donde él ya ha pasado es que estamos en la senda correcta. Él es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

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