Las plumas que a la funerala va luciendo entregado son las de un pájaro negro que sale sin venir de ninguna parte -que cantaba María del Mar Bonet-. Un penacho que toca duelo en un tambor de madre y maestra que va proclamando que todo ha acabado para volver a empezar en solo tres días. Que la negrura solo será temporal, que solo precede a la claridad. Impronta castellana y quintaesencia malagueña. La ciudad ha ido perdiendo la esencia del luto que guardaba. Ahora, hay luminosos díscolos, cubatas como contraoferta y veladores que son como un potro de tortura para el recogimiento. Ese ambiente de funeral ciudadano se ha ido desvaneciendo, entre otros, porque en realidad la ciudad misma ha ido perdiendo su propia esencia en todo, o más bien, se la han hecho perder, por eso aún se conservan bastiones de pésame a su paso, un paso que se aferra a las sienes, como un ritmo incesante que lleva a acompañar ese dolor como un acuerdo tácito. El Señor ha muerto, se sabe, se siente y hay que cumplir.  Entonces todo se ralentiza, no hay bullas, todo pasa a un segundo plano porque la razón de ser ha cerrado los ojos para abrírnoslos a los demás.

Cae la noche. Tenebrismo en las paredes, sombra de las horas, duelos en los cristales. Redoble de ronca aflicción, pábilos uno y trino, puñal de siete destinos. Te acompañamos, madre coronada de conticinio, dama vestida de noche, mujer colmada de dolor. Te imploramos, gozo de las sombras, consuelo de la madrugada, descanso de la penumbra. Te pedimos, destierro del inframundo, escudo del desaliento, espada que corta el abismo. Te rogamos, manantial de soledad, desierto de ansiedad, pradera de tormento. Te suplicamos, plenilunio de silencio, pómulos de luz menguante, vientre de amor creciente. Te clamamos, luna de vida nueva, estrella entre la tiniebla, lucero de entrega a Dios.  Y de nuevo plumas negras…“Lentamente, batiendo las alas, lentamente, él iba girando. Cerca de mí, el batir se acabó y, como caído del cielo, el pájaro se detuvo…”

Archivado en: Semana Santa 2022.