«Ya se ha dormido la ciudad y quedamos los de siempre.  Sólo un sobresalto me recuerda que soy de verdad». Resuena Leiva en los auriculares recordándome que un Sábado de Gloria es ese «sobresalto», precisamente ese, que te hace pararte en seco. Recuerdas el día que empezó a crecer esa mecha que trajo consigo aquella explosión. Lo mismo que cuando te despiertas de un sueño en el momento justo en el que crees que te caes. Es pararse al filo del barranco. Saber que tienes que frenar, respirar y dejar los pulmones preparados para llenarse de ese aire renovado que ya sobre vuela nuestras cabezas y ya va abrazando nuestra piel, porque cuando vuelva a ser madrugada, el blanco y la luz vestirán de nuevo nuestras horas. Te levantas con la sensación de que todo acabó, que hay que volver a esperar, que el cronómetro vuelve a ponerse a cero, sin darnos cuenta de que en realidad estaba empezando, que ya se han acabado las excusas y que ahora sí que sí empieza el tiempo de verdad. Que las horas no son relativas. Se vive en el Sábado de Gloria o el Sábado Santo, según los gustos y costumbres, como un paréntesis en el que de forma natural nos nace empezar a hacer un balance. Qué lejos parece todo ahora que ya que a la espalda y que cerca parece a la vez, ahora que no queremos desprendernos de nada. Se acerca la nueva vida y se aleja la que creíamos real. Aquella que se disipa como el vapor, la que desaparece como un ánima frente al espejo.

Quizás todo sea como decía Charles Chaplin cuando afirmaba que el tiempo es el mejor autor porque siempre encuentra al final perfecto. ¿Y a qué hora acaba el día? Ya sólo queda esperar. Esperar a que vuelva la luz y que la promesa se cumpla. Esperar como quien clava sus ojos en el reloj convencido de que así pasarán más rápidas las horas: la piedra aún no se ha corrido, el sudario aún no está huérfano, aún la muerte aguanta el pulso. Esperar a que la muerte muerda el polvo. Esperar a que la vida venza. Hazlo, como si fueras a ‘vivir’ mañana.

Archivado en: Semana Santa 2022.