«Puedes ser creyente o no creyente pero cuando te pones delante de él, estás viendo a un hombre al que verdaderamente se le escapa la vida y eso siempre impresiona». Me salió esta respuesta cuando en una ocasión me preguntaron que qué opinaba de la talla del Cristo de la Agonía, titular de la hermandad de la Penas de Málaga. Me quedé corta en la respuesta, Señor. Muy corta. Tú lo sabes. Estábamos confinados y el periodista Alfredo Casas Torcida ideó y dirigió unos directos en Instagram en el que cada día entrevistaba a ciertos nombres propios de muy diversas realidades. Además de honrarme con su amistad, también quiso que yo fuera una de las personas elegidas para las emisiones de Semana Santa. Porque hubo Semana Santa, aunque en casa, sin procesiones y con muchas ganas de salir a la calle. En aquellos días encerrados, sin horas pero a la vez con todas las horas, la vida, al igual que al crucificado de Buiza, nos agarraba por las muñecas. Queríamos escapar de lo que nos rodeaba, porque también nos rodeaba la muerte. Muerte que al final, como siempre, sería derrotada.

Se hizo la luz. Nos cegó una llamarada de pureza que en esta mañana se hace más intensa que nunca. Una vez pasado el sábado, imaginando que vamos junto a las tres Marías camino del sepulcro, abrazamos también con fuerza los tarros de los perfumes de un nuevo amanecer, de un nuevo nacimiento que se adivina perpetuo. Una espiral manierista de salvación que nos guía desde el polvo en el que nos convertirnos iniciando la Cuaresma hasta lo más elevado de nuestra fe. Hacia esa roca que se ha descorrido para mostrarnos un devastado sudario caído que parece no pertenecer a nadie. Pero no, pertenece a un hombre despojado de lo tosco de su mortaja y que luce su músculo en reposo, cubierto por piel sin lacerar que convierte en dorada su túnica con solo rozarla de su inmortalidad. Ese hombre nos dice que no temamos, que no le busquemos entre los muertos sino entre los vivos. Nos dice que la vida empieza hoy.

Archivado en: Semana Santa 2022.