Cristo muerto entre alcohol y fritanga

Con el miedo y algún constipado en el cuerpo por la lluviosa jornada anterior que mojó a las hermandades e hizo regresar al Chiquito; con la daga clavada de la mala fortuna de un Miércoles Santo casi vacío en donde lo que pudo caer se contuvo, la ciudad llegaba a la jornada del Viernes Santo mirando al cielo con un hastío y rabia impropios de un día en el que la calma y la autorreflexión son recomendables en el ser.

Tras una mañana gris, incluso con algunas gotas caídas, la incertidumbre fue tumbada con la misma contundencia con la que Moisés separó las aguas, cuando la Cruz Guía del Monte Calvario, a su hora, abandonó el Santuario de la Patrona. Entonces, el Viernes Santo comenzó mirando al frente en vez de hacia arriba.

Desde ese momento, el día no hizo más que ir estabilizándose hasta quedarse una noche de candelerías encendidas aunque, eso sí, con las temperaturas algo bajas. En cuanto al Recorrido oficial, el paso de las hermandades resultó algo más apiñado que los días anteriores, debido quizá a que las primeras corporaciones apuraron sus minutos de gracia de retraso permitido.

Con el nuevo orden, ciertamente nada cambió: volvieron a abrir las que pasan por la Catedral -pasan, porque lo que se dice estacionar, no estacionan-. En jornadas como estas, con ocho cortejos y tres cofradías catedralicias, resulta más elocuente que la salida del nuevo Recorrido oficial está demasiado cerca del inicio del mismo: ello provocó una verdadera madeja de hermandades que van y que vuelven esquivándose entre callejones y ahorcando manzanas.

Eso y los bares; un problema endémico de la Semana Santa y agravado exponencialmente en la jornada de luto, en la que se requiere más contención por parte del público y, paradójicamente, se topa con más escándalo y bares de copas y sus prolongaciones en la vía pública. Plaza de Uncibay, Calderería, la zona de Mitjana, Santa Lucía, Méndez Núñez, la Curva del Águila, la plaza del Siglo… casillas, en mayor o menor medida, de obligado paso en este parchís con tal de que dos hermandades no entren en conflicto en el tablero, que son un verdadero reto para un nazareno de Viernes Santo.

De esta manera, salvando Descendimiento, -que sufrió por su altura, y van dos años consecutivos, un contratiempo con los árboles de la Casa del Jardinero a la ida-, Monte Calvario, Dolores de San Juan, Amor, Soledad de San Pablo, Piedad y Santo Sepulcro sufrieron en proporciones distintas, pero notables en cualquier caso, un suelo mojado, no por lluvia, sino por restos de un nuevo combinado que no hay en bares de copas: restos de bebida mezclado con líquido anticera -o prorresbalones-. Todo en un ambiente de terrazas llenas de ruido, olor a orín, voces y empujones a las puertas de locales y camareros cruzando fritanga entre nazarenos; por lo que pareciera que cada vez está más claro que sobran las hermandades. O no, según se mire; ya que recorrían esas vías como una suerte de elementos extemporáneos y descontextualizados que llamaban a la meditación sobre la vida y la muerte, sobre la Redención, no desde luego entre un mundo de convencidos, a la vista del comportamiento. Qué contraste con el extraordinario ambiente de las primeras horas de la tarde.

Mención aparte para Servitas, el gran estandarte y sufridora máxima de esta secuencia de contrarios, que apretó el ritmo hasta llegar una hora y cuarto antes de su horario oficial de encierro. A las tres en punto, la Orden de Siervos de María entraba en San Felipe con su Dolorosa dieciochesca mirando al cielo, buscando la mejor vista de la ciudad en las noches de Viernes Santo.