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Hay decisiones que cuestan. No porque sean obligatorias, sino porque tocan algo muy profundo. Eso fue exactamente lo que vivió Gastón Spicher, un suizo de 99 años que, con mucha emoción (y algo de nostalgia), decidió entregar su permiso de conducir tras nada más y nada menos que 80 años detrás del volante. ¿Te imaginas? Ocho décadas de rutas, aventuras y recuerdos que ahora quedan estacionados en la memoria.
Y aunque sigue estando en plena forma —porque sí, el hombre tiene la cabeza más clara que muchos con la mitad de su edad—, optó por escuchar a su familia, que, con cariño y un poco de preocupación, le sugirió colgar las llaves. Y él, con la sabiduría que da casi un siglo de vida, entendió que a veces lo más valiente es saber cuándo parar.
Un cumpleaños con sabor a despedida
El 6 de abril no fue un día cualquiera para Gastón. Cumplía 99 años, sí, pero también vivía una de esas despedidas que duelen. Acompañado de su hija, sus dos nietas y sus siete bisnietos (sí, siete), se dirigió a la Oficina de Tráfico de Domdidier. Pero esta vez no fue para renovar nada. Fue para entregar su carnet de conducir. “Fue como un puñetazo en el corazón”, confesó con los ojos vidriosos. ¿Y cómo no?
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Su hija, Marie-Claire, intentó quitarle peso al asunto con un toque de humor: “Vamos a enmarcar el carnet y colgarlo en su habitación”. Porque aunque es un cierre, también es un homenaje a una vida de kilómetros bien vividos.
Un romance con la carretera que empezó muy joven
Lo de Gastón con los coches no fue un flechazo tardío. Ya desde los años 40 sentía que la carretera era su lugar. De hecho, en 1948, sus padres fueron pioneros en su pueblo, Mannens, al tener el primer coche del vecindario: un enorme modelo americano que, según él, “me dejó marcado para siempre”. ¿Y quién no se enamora del rugido de un motor cuando es niño?
Desde entonces, Gastón no paró. Viajó por media Europa: 14 capitales recorridas al volante, incluyendo Berlín, Londres y Edimburgo. Italia le encantaba, tanto que la visitó varias veces. Y para su luna de miel, ¿qué mejor que una escapada en Escarabajo a Bélgica, justo después de la guerra? Cuando no había casi autopistas ni GPS, solo mapa en mano y ganas de explorar.
También cruzó el charco. Cuando una de sus hijas se mudó a Estados Unidos, él aprovechó para conducir por California. Eso sí, un pequeño despiste con las millas por hora le costó una multa. Nadie es perfecto, ¿no?
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“En mi cabeza, no tengo ni setenta”
Si alguien cree que cumplir 99 años significa ser frágil o estar desconectado, que conozca a Gastón. “¡Conduzco como si tuviera veinte!”, solía bromear. Y lo decía convencido, porque se mantenía en forma con revisiones médicas anuales, buena alimentación y una cabeza bien despierta. No tenía problemas de vista, ni de reflejos. Vamos, que podría dar lecciones a más de un conductor joven.
Pero claro, su familia veía otra cosa. Le preocupaba que, a pesar de su energía, algo pudiera salir mal. “No esperemos a que pase una tragedia”, insistieron. Y él, aunque con dolor, entendió que el amor también se demuestra sabiendo soltar.
Una tendencia que empieza a crecer
Lo que ha hecho Gastón no es un caso aislado. En la región de Friburgo, cada vez más personas mayores están optando por entregar voluntariamente su carnet de conducir. ¿Las razones? Precaución, conciencia, y sí, también el deseo de evitar posibles accidentes.
Según datos de la Oficina Federal de Carreteras, en 2024 todavía había 19 personas mayores de 90 años con su permiso en regla en Friburgo. Pero también hay un aumento notable en las entregas voluntarias, lo que muestra que se está produciendo un cambio de mentalidad. Con chequeos médicos obligatorios cada dos años, que incluyen pruebas visuales y cognitivas, muchos mayores aún están aptos. Pero algunos, como Gastón, deciden dar un paso al costado por propia voluntad.
Más que conducir: era libertad
Para Gastón, conducir no era solo una actividad. Era una forma de vida. “Conducir es libertad. Es aventura. Es descubrir lo que hay más allá del horizonte”, decía con una chispa en los ojos. Ese espíritu lo llevó a transmitir a su familia el amor por los viajes en coche. Su hija lo recuerda con cariño: “Crecí viajando con mis padres. Ahora lo hago con mis hijos y mis nietos. Es una tradición que continúa”.
Porque al final, los viajes que más importan no son los de miles de kilómetros, sino los que se hacen en compañía, con las ventanas bajadas y el corazón lleno.
Un legado sobre ruedas
Además del coche, Gastón también fue un amante de la bicicleta y la moto. Durante años trabajó como cartero en su pueblo, recorriendo su ruta sobre dos ruedas. Era una figura querida, cercana, de esas que todos saludan al pasar. Hoy, con sus siete bisnietos a su alrededor, se despide del volante pero no de su espíritu aventurero.
Porque aunque ya no conducirá más, su historia seguirá recorriendo caminos. En cada anécdota contada por sus nietos, en cada álbum de fotos con paisajes al fondo, en cada conversación sobre viajes. Su carnet podrá estar colgado en la pared, pero su legado sigue en marcha.
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¿Y ahora qué?
Gastón no se queda quieto. Sigue disfrutando de paseos en familia, de charlas largas al sol, y de esa vitalidad envidiable que lo ha acompañado casi un siglo. No necesita coche para seguir descubriendo la vida. Y quizás, eso es lo que más deberíamos aprender de él: que rendirse no es el final, es solo otra forma de avanzar.
